Saber irse

Dice el refrán que a todo cerdo le llega el San Martín. Con los humanos ocurre lo mismo: a todos nos llega la hora. Para los ciudadanos anónimos la única hora venidera es la de la muerte. Las figuras públicas, por el contrario, como los cobardes, mueren muchas veces. Tienen a menudo la ventaja, además, de poder elegir cómo despedirse, de forma que la espada de Damocles, al caer sobre ellos, no arrample con su dignidad junto con sus cabezas. La mayoría, sin embargo, no sabe o no quiere hacer uso de este don.

Saber irse es una virtud tan infrecuente y difícil de aprehender como un Chansey en la zona safari de Ciudad Fucsia. Son pocos los ejemplos de retiradas oportunas y elegantes: el retiro de Sila, el adiós de Zidane, el “No quiero perpetuarme en el poder” de Fidel… Oasis en un desierto de oprobio. Lo habitual es tensar la cuerda al máximo, aferrarse al puesto hasta ser expulsado a gorrazos, empeñar el orgullo por un chispa más de estrellato. La política es el escenario en el que esta dolencia se manifiesta con mayor crudeza.

No cuento nada nuevo. El político encuentra desde hace eones su retiro dorado en el Senado y en el Parlamento Europeo, tal y como hace la vieja gloria del balón en la liga americana, saudí o japonesa. Seguir chupando del bote es la peculiar manera de no saber irse a tiempo del político promedio.

Otra categoría de parlamentarios, bien por ambición, bien por falta de tino, perece a mitad de camino. Cada uno de ellos vive su caída en desgracia de una forma diferente. Unos hacen de tripas y corazón y reconocen sus pecados. Otros niegan su evidente cleptomanía hasta el final. Algunos elegidos adoptan la forma de un bolso de señora y se entregan a la anacreóntica mientras se debate su ejecución. Las alternativas son infinitas y su única característica común es, como en el caso del político genérico, el no saber irse.

bolso

Existe un tercer orden de político, no obstante, que aventaja al político corriente y al caído en desgracia en el arte de las despedidas ominosas. Estos seres participan de la naturaleza de la hidra tanto como de la del puerco refranero cuyo sacrificio se avecina. Por ello, cuando la guillotina popular les rebana la cabeza, no tardan en desarrollar otra nueva y lanzarse con ánimo fresco a la arena mediática. Estos híbridos felinos con tantas vidas como metros cuadrados de cara dura, por supuesto, no se encuentran exclusivamente en la política. Ahí están los regresos de Armstrong y Schumacher, los reboots de Blade Runner, las secuelas de Star Wars y los cambios de equipo de Fernando Alonso. Sobra decir cómo terminan estas aventuras.

La diferencia entre los retornos políticos y los que tienen lugar en otros ámbitos es que estos últimos son conscientes de su vacuidad y responden, más que nada, a un capricho nostálgico e inofensivo. Los revivals políticos, por el contrario, tienden a creerse su propio discurso. Solo eso explica, por ejemplo, que sujetos desalojados del poder a causa de su manifiesta degeneración o ineptitud se presenten, a la primera de cambio, como adalides de la regeneración democrática y de los valores e idearios que ellos mismos contribuyeron a derruir. La condición mendaz —cuando no alucinógena— de estos especímenes resulta a todas luces evidente. Una ojeada a la hemeroteca o un sencillo ejercicio de memoria basta para desenmascararlos, lo que lleva a suponer que nadie en sus cabales daría pábulo a sus carreras electorales. Sin embargo, la actualidad política nacional desmiente toda presunción de raciocinio.

La reaparición estelar vive su mejor momento. No solo gobierna España un zombie defenestrado por sus propios correligionarios hace un año escaso, sino que el primer partido de la oposición zozobra mientras sus “nuevos talentos” —Margallo, Cospedal, Casado, Soraya— se dan de garrotazos para decidir quién empuñará el timón cuando llegué el naufragio definitivo. El espectáculo sería gracioso si no fuera porque todavía hay quien se traga la sarta de imbecilidades y falacias que inunda los titulares. Pero vale más no insistir en lo aberrante de esta situación. Si alguien es capaz de creer que Soraya o Cospedal, ambas capataces y cómplices de la destrucción del PP, pueden resucitar al partido, que siga creyendo.

Buena suerte, peperos, y un consejo de parte de Cicerón: «De hombres es errar, de locos persistir en el error».


Fotografías vía El Confidencial y El Español