Por un puñado de líneas

Yo soy, él era; era uno de esos hombres que leen los dolorosos relatos de escritores bebedores y autodestructivos con un vaso de whisky en la mano y lágrimas resbalando por las mejillas.

John Cheever sobre F. Scott Fitzgerald en Diarios

Cuando bebo vino los cuidados se adormecen. ¡Lejos de mí los gemidos, los sufrimientos y las preocupaciones!

Anacreonte, definición de mala vida

Aquella iba a ser una noche como otra cualquiera, pero mientras quitaba la funda de su máquina de escribir llamaron a la puerta y aquella pregunta supuso un verdadero punto de inflexión. La pregunta era: «¿Podrías prestarme un poco de whisky? Disculpa. Soy John Cheever». Cuando al día siguiente trató de recordar la extraña presentación sólo le vino a la mente su aspecto joven. Vestía un elegante jersey de cachemir azul cielo de Brooks Brothers y pantalones de franela. Sólo delataban sus sesenta y pico las numerosas arrugas que poblaban su bien rasurado rostro y que se habían hecho más numerosas con el esbozo de sonrisa que apareció cuando le ofreció la botella de Smirnoff que había comprado esa mañana. Algunos años después, el por aquel entonces novato, Raymond Carver confesaba para una conocida revista literaria que no hacían más que beber, sin descuidar en ningún caso las clases, pero recordaba que esa noche fue lo más cerca que estuvo de teclear algo en su barata máquina de escribir.

De esta forma se imagina el humilde bebedor que escribe el primer encuentro entre un cadete John Cheever y un alevín Raymond Carver en el hotel Iowa House, cuando ambos impartían clase en el Máster de Escritura de la Universidad estatal. Pocos segundos fueron necesarios para que ambos hombres intuyesen sus intereses comunes y conectasen como amigos y aliados; admirador y admirado, en fin, compañeros de fatigas.

Cheever siempre opinó que el mundo tiene una fealdad inevitable y que la belleza había que buscarla en la literatura o en un vaso de whisky. Recuerdo nuestra última charla en Ossing, Nueva York. El maestro del relato siempre me ofrecía un perfecto día en el campo. Yo acababa de regresar de Sídney, tras lo ocurrido en el Vuelo 714 y le había llevado a mi amigo norteamericano una botella de Loch Lomond. Eran pocas las ocasiones en que la literatura y el arte de escribir se colaban en nuestras charlas, pero aquella vez hablamos de la inspiración que se encuentra en el fondo de una copa, bien estés en medio del Océano a bordo del Karaboudjan o ante la maquina Royal que John utilizaba para crear sus relatos. Aquel día de 1973 habíamos llegado a la conclusión de que los literatos, en una gran proporción, tienen como musa una botella de contenido poco moral.

Cheever definía la inspiración como el tomar consciencia de que tenemos “algo que decir”, contrario al “nada que decir” que caracterizan los momentos de desencuentro creativo y que la búsqueda del “qué decir” se lleva mejor en compañía etílica. En mi opinión, solamente a través de la lectura de los relatos seremos capaces de acercarnos a comprender los motivos del embriagante. Son los propios escritos quienes mejor exponen la aflicción.

Tennessee Williams, de quién tuve la oportunidad de ver El zoo de cristal en 1948 en el teatro de Ixelles en Bélgica, afirmaba que un hombre bebía solamente por dos motivos: o está muerto de miedo por algo o no puede afrontar la verdad de algo. Yo les aseguro que tenía ambos motivos para hacerlo. Cheever escribió en sus diarios acerca de su miedo a ser descubierto como una “imitación de caballero”. Siempre se consideró un advenedizo social del tres al cuarto, un “intruso”.

John Cheever fascina porque era un cóctel de indefensión, entre fraude y honestidad. A pesar de que fingió unos orígenes patricios, su infancia en Quincy, Massachusetts era tan insegura económica como emocionalmente y nunca logró quitarse ese sentimiento de vergüenza y asco de sí mismo. Baudelaire, quien introdujo a Allan Poe en Europa, dijo de él que el alcohol se había convertido en el arma necesaria para “matar algo que tenía dentro, una lombriz que no lograba eliminar”. Lo mismo podría decir la paciente Mary Cheever de su marido, cuando tras asistir a una actuación en Broadway de Un tranvía llamado deseo de Williams, apareció en ella la constante idea de que la orientación sexual de su marido no era como ella había supuesto. Creencia que nunca compartió con él. El magistral descriptor de la clase media norteamericana no solo se sentía impostor social, sino también sexual, lo que le provocó una constante agonía durante toda su vida sabiendo que sus anhelos sexuales eran contrarios a la seguridad social que buscaba. La idea de suicidio se prolongaba durante largas etapas en su cabeza, dejando constancia de ello en sus diarios. Pero claro, yo de esto me enteré al leerlos.

Cheever consiguió salir del alcoholismo poco después de aquella charla. El que antaño bebía con fruición se pasó los últimos años de su vida, sobrio, en Iowa. “Siempre seré alcohólico, pero no ya un alcohólico practicante”, sentenció. En una carta que me llegó a Moulinsart escribía que al salir de la cárcel 20 libras más delgado –unos 35 kilos– solamente soltó un aullido. Y que, aunque no hubo ninguna cura para su confusión, nunca más probó el alcohol. Aunque no dejó de fumar –vicio que también comparto– y se lo llevó un cáncer de pulmón en 1982.

El padrón de escritores que hincaban el codo es largo. Son varios los escritores norteamericanos que mantuvieron una cercana relación con la bebida. Malcolm Lowry, Jack Kerouac, Raymond Chandler, Scott Fitzgerald, Raymond Carver… De los siete estadounidenses que han ganado un Nobel de Literatura, cinco fueron alcohólicos: William Faulkner, Sinclair Lewis, Eugene O’Neill, John Steinbeck y Ernest Hemingway.

Este último era un habitual de bares, tabernas, cafés y cualquier lugar que sirviese una copa entre las 12.00 de la mañana y las 11.59 del día siguiente. Mi amigo Ernest bebía, pero no para escribir, cosa que consideraba despreciable, sino para sobrevivir. Presumía de su estricta dieta, con más de un litro diario de alcohol. Y es que para Hem cuatro cosas mataban la escritura: “El alcohol, las mujeres, el dinero y la ambición”, habiendo sido beneficiario y víctima de las cuatro. No obstante, la historia de mi amistad con él la dejamos para otra ocasión, que ya no queda hielo.

Las caprichosas razones para tomarse un trago al escribir son tan diversas como la vida misma. Pero quizá una importante es que permite alcanzar ese estado de silencio. Eliminar esos pensamientos conflictivos que, al menos temporalmente, se consiguen con la cantidad suficiente de bebida y que, al cabo, posibilitan escribir un puñado de líneas.