Yo soy Espartaco

Tardé muchos años en ver el final de Espartaco (Kubrick, 1960). Había visto el principio incontables veces —aquella crucifixión fallida—, pero no fue hasta mi madurez adolescente que vi la película de cabo a rabo y me despedí de Varinia junto a un Kirk Douglas agonizante.

La anécdota de una película que se nos hace de rogar no tiene, en principio, nada de particular. Pero Espartaco no es una película cualquiera, o no lo era. Hubo un tiempo en que el péplum era tan consustancial a la parrilla televisiva de Semana Santa como los cofrades llorando en el telediario porque la lluvia les ha estropeado la procesión. Todos recordamos esa sucesión litúrgica de pelis de romanos en la uno: Quo Vadis, Ben Hur, Calígula… También El Cid y Los diez mandamientos, que no son de romanos, pero como si lo fueran, pues tienen el mismo aire monolítico y siguen una idéntica fórmula argumental. Espartaco era como El Padrino de todas ellas. Siempre se emitía la noche del Jueves Santo, que yo, a mi vez, pasaba en Tereñes, un pueblo de Ribadesella.

Era otro tiempo. Solía hacer frío. La casa, tras meses de clausura y humedad, se parecía más a una nevera que a un hogar. Encender la gran chimenea de ladrillo del cuarto de estar era la única manera de atemperar un poco el ambiente. Con las estufas no se llegaba a ningún lado. El tendido eléctrico del pueblo era antiguo y no podía abastecer al sinnúmero de calefactores que los vecinos enchufaban a la vez. Conectar los radiadores era forzar el apagón. Todos en el pueblo lo sabían, pero a nadie le importaba. Como resultado, cada Jueves Santo se iba la luz a eso de las once de la noche, justo cuando en la película estalla la revuelta de los gladiadores. Así acababa mi idilio con Espartaco.

Hoy todo es diferente. No recuerdo la última vez que pasé la Semana Santa en Tereñes. Mi Game Boy se ha convertido en un teléfono móvil. Algunas personas se han ido. No hace falta encender la chimenea. La luz ya no se va, aunque daría igual que se fuera, porque no están echando Espartaco por la tele y ya sé cómo termina.

Ahora, cuando veo el final, o cuando Tony Curtis muere a manos de su amigo, tengo un poco el corazón partido. Por un lado, veo el gran cine, ya sabéis, la fuerza inspiradora y el silencio elocuente y todo eso: el arte como dignificación del ser humano. Pero, por otro lado, una parte de mí espera que la película se detenga, que la pantalla se oscurezca y con ella todo el pueblo en el que ni siquiera estoy. Todo aun a costa de no escuchar a esos hombres libres de la foto que encabeza esta columna entonar el “yo soy Espartaco”. No lo necesito. A mi manera, yo también lo soy.

Lo siento, siempre me pueden los recuerdos. Esto al principio iba a ser una filípica contra la diversidad como sinónimo necesario y suficiente del gran cine, equivalencia que tantos se empeñan en legitimar. Todo a cuenta de un artículo infame de Esquire en el que se “denuncia” el racismo de quienes desprecian a Rose Tico, el nuevo personaje asiático de la más infame Los últimos Jedi. Pero mejor así. Mejor quedarme con Espartaco y con los recuerdos mientras los conserve, que el mal cine nunca falta y siempre podrá hablarse de él, aunque no merezcan la pena ni los clics, ni la tinta ni el papel.