El nombre de Sören

Fotografía: Lucas Oraá


Voy a contarlo. Sören viene de una carta estúpida, una historia que escribí en la terraza de Casa Pacho a las cinco de la tarde de un miércoles de mediados de julio. Estaba muerto de aburrimiento, muerto del sitio en que me empeño en pasar los veranos. Empecé a escribir porque no tenía más cosas para las que robar Wi-Fi y me quedaba batería. Nunca había escrito con pseudónimo antes; tampoco tenía pensado conservarlo después.

El caso es que empecé a escribir y proseguí escribiendo, haciéndome pasar por un enfermo terminal al que le importaba morirse lo mismo que a mí subir o bajar del pedral. Me salió terrible, un panfleto melodramático e infumable, y lo tuve que volver a empezar. A la segunda conseguí maquetar la idea que al principio quería. Me encantó el resultado. Me pareció digno de credibilidad.

Tiempo después, con el curso empezado, volví a sentirme mortalmente aburrido. Una noche releí la carta en el Dropbox y me siguió gustando. Le hice un par de retoques de esos que tanto reparo me causa ajustar. Terminada. La envié como carta de un lector a la redacción de La Nueva España. Antes de seguir, prefiero que la leáis.


Morir
Sören Cabal (Oviedo) / 23 de septiembre de 2017.

Estoy muerto. Ocurrió en la consulta de un hospital poco después de cumplir veintidós años. Un doctor explicó el diagnóstico con todos sus desagradables pormenores y me pareció un hombre amable y un gran profesional, aunque no escuché nada de lo que dijo. Mi madre lo hizo por mí en la medida en que lo permitió su llanto. Después, antes incluso de abandonar la consulta, miedo, pánico, algún grito y mucha desesperación. Todo cuanto ya había copado mis días y mis noches durante los meses precedentes, pero peor a causa del resquebrajamiento de todas las esperanzas abrazadas hasta ese momento.

Hablo de ella y de su reacción, no de mí ni de la mía. La confirmación del cáncer y de su inoperabilidad llegó tarde. Sentado frente al escritorio del médico me di cuenta de que llevaba mucho tiempo muerto. Pensaba que sentiría pavor o que me descompondría en una masa hueca de ojos carcomidos y voz ausente, pero no sentí realmente nada; tan solo cómo se deshilachaba el último anhelo de convencimiento en el vivir al que mi corazón se sujetaba. Nada más que eso, y fue indoloro.

Por supuesto, fingí desesperar junto a mi madre y, al llegar a casa, junto al resto de la familia. Al quedarme solo, sin embargo, no supe cómo sentirme. Sentía tan poco, de hecho, que le daba vueltas a lo absurdo de esa cuestión a esas alturas. Supongo que me había resignado infinitamente a morir tal y como antes lo había hecho a vivir. La única diferencia eran las ilusiones anejas que crecen en torno a la vida y que la hacen pesar tanto y que junto a la muerte no tienen cabida. El futuro o porvenir con su fortuna y sus desdichas, el amor de todos y los míos, el estilo, la opresión y el atractivo junto con la fe y los deberes para con todo y en pro de nadie se habían ido. Descubrí que la ausencia de esperanza se traducía en la ausencia de miedo y que mi muerte era también la de ambas. Seré sincero: la muerte es mucho más fácil que la vida, sobre todo si la padeces aún con sentido y la ves venir de lejos en lugar de por la espalda.

Muerto en vida asentí a la absurdidad del mundo y, por primera vez, hacerlo no me pareció una sinrazón indeseable más allá del romanticismo o la rebeldía de una juventud entrecana. Así que viví tranquilamente mi muerte terrena. Seguía representando el papel del enfermo terminal para no tener que dar explicaciones y guardé mis conclusiones como si fueran un secreto divertido, como hacen los niños con cualquier nimiedad recién descubierta cuyo ocultamiento convierte en fascinante.

Se me acaban los días, pero por ello no pierdo la calma. No temo la muerte ni lo que haya tras su umbral, a pesar de no creer en nada que allí pueda asistirme. Dudo, no obstante, que la fe me hubiera ayudado de haberla poseído. Consuela a mis seres queridos y eso es suficiente.

No quiero irme sin confesar mi falta de miedo. Por eso comparto secretamente contigo, lector, mis meditaciones mientras mi mundo se despide. Espero que si algún día te ves ante el mismo adiós, tengas la suerte que yo he tenido y no solo te despidas en paz, sino que puedas regocijarte con la muerte y con tu paz estando vivo y siendo tú.

Gracias por escucharme.


Et voilà. Me quedé satisfecho, a la espera de que alguien la leyera y, sin saber mi nombre, me dijera que la buscase, que valía la pena. ¡Qué ganas pasé de decir que era yo antes incluso de que nadie la leyera! Maldita vanidad. A una mala, me decía, a alguien le gustará, o le resultará consoladora, sabe Dios. Quizás la carta fuera capaz de hacer brotar un sentimiento.

Pues funcionó. La tarde siguiente, jornada de San Mateo, estaba en el Supercor de Uría comprando hielos cuando me llamaron al móvil. Un número largo, de spam, pensé al mirar la pantalla. Me contestó la voz de un hombre que parecía compungido. Preguntó por Sören, si era yo, que qué me pasaba, que si quería contarlo. No me dio tiempo a pararle los pies antes de que me propusiera una entrevista. Maldita vanidad. Por poco la acepto. Le dije que Sören no era yo, que ya había muerto, que era mi amigo, que la carta, escrita por mí, solo era un palmeo en la espalda de ciertas personas. Cuantísimo le apenó, aunque no más que a mí el rechazar la entrevista. Indagó un poco más y se despidió, no sin antes felicitarme —sí, felicitarme—.

Los días siguientes se publicaron varias cartas de desconocidos en respuesta a la mía. Un poco místicas, todas sentidas. Leerlas despertó en mí remordimiento, a pesar de que la carta había sido fruto de buenas intenciones.

La historia se acaba ahí. Ahora solo escribo de los vivos, que son los pocos que me quieren leer. A veces mando cosas, otra vez, a La Nueva España, pero no me han vuelto a llamar. Maldita vanidad. Menudo morbo, ¿no? Tendré que morirme de nuevo.

Se me olvidaba. El nombre de Sören, aunque no importe, viene de familia, de ser pariente de Kierkegaard aquella tarde de julio de 2017.