Una hipocresía mundial

Cada cuatro años se celebra el evento futbolístico por excelencia, aquel por el que los amantes del deporte rey nos mostramos ansiosos, pero que al mismo tiempo da lugar a la aparición de diversas hipocresías en la sociedad. A priori podemos pensar que la oleada de nuevos aficionados al fútbol consiste en un apoyo unánime para que el equipo representante de la nación llegue lo más lejos posible, pero tras esta suposición se ocultan las verdaderas razones sin relación alguna.

En primer lugar solo basta con retroceder unos años y ver el apoyo que se daba a la selección española antes del Mundial de Sudáfrica de 2010 y el que se da ahora a raíz de ser campeones del mundo. Estos días los bares están decorados con las banderas de España y los clientes acuden a ver los partidos con nuestros colores emblemáticos. Seguro que entre el inicio y el fin de la participación de nuestra selección en el mundial no se oyen gritos asquerosos llamándote facha por llevar signos representativos del Estado. Durante el mes mundialista mágicamente nos olvidamos de pensamientos políticos y de todo aquello de lo que nos jactamos y por lo que acudimos a tantas manifestaciones y demás actos en público.

Una forma de comprobar lo que expongo en las líneas anteriores es preguntar a esos acérrimos hinchas españoles quién nos eliminó en Alemania 2006 o quien fue Al-Ghandour y por qué hizo enfadar a España en 2002. La mayoría dirán que no tienen ni idea. Algunos, incluso, no saben ni lo que significa la expresión “fuera de juego”, pues solo ven fútbol un mes cada cuatro años. No me malinterpreten, no tengo ningún problema en que se creen nuevos aficionados al fútbol, pero no tolero las falsedades ni las apariencias. Vivimos en la sociedad del postureo, y en este mes de exaltación futbolística el arte de la exposición de sus vivencias alcanza su máxima expresión.

Otra circunstancia que manifiesta esta hipocresía es el falso patriotismo que muestran muchos durante estas fechas. No son pocos los ejemplos de personas que están día tras día volcando su bilis sobre nuestro país, pero mientras España disputa el Mundial son más patriotas que el águila imperial ibérica. A Gerard Piqué le llovían las críticas y los insultos por su inclinación política, sin embargo estos días se le aclama y se le vitorea como si fuese nacido en Fuentealbilla. Este fenómeno tiene como gran impulsor a los medios de comunicación, los cuales son los primeros hipócritas al promocionar aquello que les interesa en cada momento, es decir la noticia que más venda y que más puedan exprimir, sin tener en cuenta la relevancia o esfuerzo de otras hazañas que ni siquiera llegan a ser noticia o se les dedica una mínima parte del espacio disponible.

Mientras en España siguen subiéndose al carro ganador de una época dorada que pronto tocará a su fin, otros países disfrutan de sus selecciones en las victorias y en las derrotas, porque viven de verdad el fútbol y los colores que esos jugadores representan. Panamá lloraba de alegría por su primer gol en la historia de los mundiales a pesar de ir perdiendo 6-1, mientras aquí crucificamos a nuestro portero por un fallo, a pesar de ser de los mejores del mundo. Una de las aficiones más multitudinarias en Rusia es la de Perú, cuyo país no es precisamente rico y que ha caído eliminada en la primera fase, pero seguían animando y disfrutando con sus jugadores.

El Mundial es la ilusión de los trescientos mil vikingos islandeses, las lágrimas de los colombianos celebrando los goles cafeteros, la velocidad de los Súper águilas o de los Leones de la Teranga como esperanzas del continente africano, el orgullo tri para hacer a México grande otra vez o la tenacidad de los coreanos para llevarse la victoria frente a la máquina germana. Dejemos las críticas y los ánimos por modismos para disfrutar del espectáculo que es el Mundial de fútbol, puesto que la grandeza de este deporte es tener a todo el planeta pendiente del devenir de un balón.