Covadonga y nada más

“Asturias es España, y lo demás tierra conquistada”. Eso dicen. También dicen que Asturias es sidra, que es gaita, que es fabada, que es romería y verbena y orbayu diez meses al año. Dicen que es —Dios no lo quiera— cachopo, que es la Cámara Santa de Oviedo, el Naranco y odiar al pueblo de al lado, que es subir y bajar indistintamente —siempre borrachos como cubas— el prao del Carmín, la calle Mon y la Escalerona. Dicen que es el Oviedo ganando al Sporting o el Sporting ganado al Oviedo, que es el descenso del Sella, Llanes en verano y estudiar como locos desde primavera. Y sí, Asturias es todo eso, pero solo de vez en cuando.

¿Sabéis que define a Asturias siempre, con total precisión y simpleza? La mirada de una vaca. Sí, la mirada vacía, embelesada y bobalicona de una vaca. Pero no la de una vaca cualquiera: la mirada de una vaca de los lagos, esos animales que parecen petrificados en el tiempo, suspendidos sobre el asfalto, la hierba o el barro, siempre con la misma expresión. Una de esas criaturas que ve acercarse una caravana de autobuses por una pendiente pronunciada y se queda en mitad de la carretera, inmóvil e indiferente a los bocinazos del conductor. A la vaca de los lagos le da igual todo, solo se mueve cuando le viene en gana. Si nos paramos a pensarlo, las vacas son estoicas de cojones, y Asturias también.

Vaca

Porque Asturias, ahora sí, es Covadonga. No hay más Asturias que la que se respira bajo el cielo inmensamente azul que nace del fondo del lago Ercina, que la parálisis del tiempo atenazado por la hierba de esos prados siempre inhóspitos e imperecederos. Siempre que me siento allí tengo la sensación de que, si construyera una cabaña junto al lago, en lo alto de los picos, y me quedase a vivir junto a las vacas, las águilas y los buitres, jamás envejecería. A eso se reduce el misterio: la vejez intemporal de Asturias y de Covadonga, esa rocosa quietud que las separa del resto del mundo y la convierte en testigo fantasma de cuantos por ellas pasan. Al visitar los lagos siento que los asturianos no existen, solo existe Asturias, y que quienes la poblamos vivimos en simbiosis con ella, como un pececillo escondido bajo la aleta de un gran jaquetón, para que sus montes, sus bosques y sus playas nos protejan mientras ella se recrea con la admiración que nos despierta su sencilla belleza.

Nadie pasa por Asturias sin ir a Covadonga, y quien no la visita es que no ha pasado. Van los novios a mirarse a finales de verano. Van los amigos al acercarse julio para celebrar el fin de su año. Van los mires a epatarse, y más de uno a enamorarse. Van los niños con sus abuelos. Van las hermanas a tirarse fotos. Van los perdidos a encontrarse al final de la cueva, a tirar monedas y a pedir deseos. Van todos —aunque lo nieguen— para beber de los siete caños y casarse, si es posible, con más suerte que Bustamante.

Podría decirse, en conclusión, que Covadonga es visita obligada por esto y por lo otro, porque Pelayo mato a los moros, porque se apareció la Virgen, porque es preciosa, porque en las excursiones se lo pasa uno estupendamente, porque es la cuna de España… Tonterías. Hay que ir porque Covadonga es Asturias, y lo demás no importa nada.

Así que id. Subíos al autobús y reíd, bebed, comed, cantad, ligad y disfrutad con todas esas cosas que —decíamos al principio— Asturias también es. Cuando volváis, sabréis que es mucho más, mucho mejor, un poquito vuestra, y vosotros totalmente suyos.

No temáis. Covadonga está llena de rumores, de sonidos, de dulces aires que deleitan y no dañan. A veces, un millar de instrumentos resuena en mis oídos, y a instantes son voces que, si a la sazón me he despertado después de un largo sueño, me hacen dormir nuevamente. Y entonces, soñando, diría que se entreabren las nubes y despliegan a mi vista magnificencias prontas a llover sobre mí; a tal punto que, cuando despierto, sueño con soñar todavía.