El spleen del Carmín

Por desconocida y puede que última vez fui al Carmín. En coche, como el primer año. Sin comida, como casi siempre. Pocas más semejanzas con Carmines pasados he encontrado.

Levantamos campamento en el camino, abajo, al fondo del prado, donde se aglutina la gandalla aborrecida por el sol. Había poca gente. Al llegar lo achaqué a la hora, que no era, por otro lado, muy temprana; pero a las siete seguía habiendo mucho verde a la vista, y a las diez, cuando el gentío se acumuló en torno a los altavoces de un toldillo de Unievento, constaté que sobraba masa y faltaban personas concretas a las que no podía dejar de echar en falta.

Y ahí estaba yo, hecho un Joe Gillis de tres al cuarto, mendigando atención y diversiones, con una mugrienta camiseta americana haciendo las veces de gabardina de vicuña, buscando una fiesta de año nuevo celebrada bajo el sol de la que poder huir.

¿Y para qué? Para nada. El saldo de la tarde fue un paseo, cuatro risas, un par de charlas ingeniosas y un infartillo que reverbera todavía en las arterias de un lejano camarada. Para nada.

Al final, poco antes de retirarme a la Pola para cenar como un humano, me había convertido en una acotación en suspenso bajo el aire. Ahora me imagino detenido en el bullicio, como Gambardella encendiendo su cigarro en la azotea, hablando de coños y del olor de las casas de los viejos. A mi lado, cierta gente perdía la cabeza y rompía entradas para el concierto de Bad Bunny. Mi compinche sonsacaba confidencias en francés a manteros sin ventura, y la peor influencia —que siempre me desata la lengua— celebraba a su bola el nuevo amor.

Tchin-tchin. Los restos de bebercio que nos quedaban ya eran más barro que botella y los iba a tocar su puta madre. Dejé caer un par de latas de Steinburg. Las vi rodar hasta el pie de un musculoso descamisado de frente tatuada. Para él se quedaron.

Volví a Oviedo al cabo de un par de horas. Vine platicando con el conductor para no quedarme dormido. La noche terminó cuando vi salir del autobús a un grupillo de muchachas que aún no habían ni escogido la carrera.

Hoy a trabajar, eso lo dice todo. Confío en Naves para recuperar la juventud.

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Fotograma: Sunset Boulevard (1950) / GIF: La grande bellezza (2013)