Asomarse al abismo

7 de enero de 2015. Apenas estabamos estrenando los agasajos de los sabios de Oriente cuando la tragedia ocupó todos los teletipos. El terror había violentado París al igual que los mongoles arrasaron Bagdad siglos ha. El objetivo había sido un zahiriente semanario izquierdista, viejo conocido de los atacantes.

En la portada de la publicación figuraba la caricatura de un polémico escritor cuyo último libro se estrenaba ese exacto día en la librerías del Barrio Latino. Sumisión, de Michel Houellebecq, tiene en su portada, aparte del nada peregrino título, a la media luna como corona del cielo parisino, desplazando así el peso que debería suponer la Torre Eiffel en la composición.

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“Para 2015, perderé la dentadura. Para 2022, haré el Ramadán”

En el libro, a modo de trasfondo, un ficticio líder islamista alcanza la presidencia de la quinta República con la aquiescencia de los moribundos partidos sistémicos (El PSF y el antiguo UMP), ante el temor de una victoria del Frente Nacional. Obviamente, está infeliz coincidencia no pasó inadvertida por las redacciones. Desde el Libération hasta nuestra Izvestia nacional, comenzó la esperable retahíla de acusaciones: lepenismo, islamofobia, y demás neologismos arrojadizos que a cada día que pasa resultan más vacuos. Por suerte, todavía no hace falta volver a importar los libros malditos desde Holanda.

Lo cierto es que reducir Sumisión a la ficción política es una vaciedad similar a restringir La posibilidad de una isla, del mismo autor, a la ciencia ficción. La victoria electoral del islamismo (o islamismo político, si se prefieren los apellidos redundantes) es no es el fin, sino la excusa de Houellebecq para reflexionar sobre la conflagración entre lo grácil y lo robusto en Occidente, de una manera que bien recuerda a la ensayística de Spengler o de Toynbee. Frente al decadentismo y la indefinición del individualismo humanista, la voluntad de poder (Wille zur Macht) mahometana irrumpe como un mihura en una exposición de porcelanas. La referencia no es peregrina, pues el gran apologeta islámico en el libro, el nuevo decano de La Sorbona, es en realidad un pragmático nietzscheano que ha comprendido cuál es el bando ganador. Lo que la prensa generalista no han entendido (suponiendo que su postura no estaba definida con anterioridad a la publicación) es que Sumisión no reprueba al Islam, sino a la frágil sociedad que es condición objetiva de su ascenso.

El protagonista de Sumisión, François -un trasunto del autor que también recuerda al Des Esseintes de A contrapelo- mira con indiferencia a Le Pen y a su contrincante musulmán. Él un cínico observador perdido en un mundo escabroso. Su fracaso es la imposibilidad de emular la conversión de su estudiado Huysmans. No puede simplemente dar marcha atrás en el tiempo para retornar a los valores escolásticos (aunque pueda entender su utilidad) y a la vieja Francia de los carolingios y los capetos. Sin embargo, la sucesora Francia ilustrada y secular no parece prevalecer sobre el proyecto del nuevo Presidente Ben Abbes.

He de reconocer que de Houellebecq no me apasiona ni su estilo (aunque sí sus socarrones poemas) ni la detallada sordidez de sus relatos. Lo realmente estimulante está, por ejemplo, en cosas como la descripción del ethos de la funcionaria solterona. Al igual que Huysmans, Houellebecq utiliza la narrativa como un recipiente en el que verter sus cogitaciones estéticas y sociológicas. Entre sus páginas podemos encontrar infinitos pensamientos en torno a Léon Bloy, René Guénon, el simbolismo francés, la nouvelle droite, el patriarcado, la monogamia o el consumo masivo de antidepresivos. No obstante, buscar profecías, a cada cual más morbosa, en su obra, es en realidad un error conceptual. El foco de éstas no se sitúa en la predicción de hechos futuros, sino en el diagnóstico del presente, el ocaso de la diosa civilización. El desierto crece, ay de aquellos que alberga desiertos.

Si para comprender a la Rusia de Alejandro II hace falta leer a Turguenev y a Dostoievsky, para hacer lo propio con la V República del nuevo milenio (y posiblemente con toda la Europa Occidental) será obligado pasar por las páginas de Houellebecq. Sólo me permito esa predicción.

De cualquier modo, no hay en su prosa la intención de un moralista victoriano: sólo la del hombre que de tanto mirar al abismo ha sido marcado por la oscuridad de la sima. Y ya se sabe lo que se dice de quien con monstruos lucha.