Cada golpe

Cada golpe que daba lo hacía pensando en su padre. Habían pasado casi siete años desde que había muerto, pero sentía el rencor que sólo se tiene a alguien que nunca había creído en él. Ahora que peleaba por el campeonato de pesos ligeros únicamente se imaginaba qué le diría aquel, no tan viejo, gruñón que agonizó durante días antes de dejar este mundo siendo un lugar mejor.

Cada puñetazo que daba tenía como destino oculto el cuerpo de su padre. Recordó cuando le confesó que quería hacerse boxeador y comenzar a entrenarse en el viejo gimnasio de su barrio. Él aún estudiaba y las cosas no le iban del todo bien. Le gustaba aprender, pero aquellas materias le parecían completamente inútiles. Su padre había dejado de estudiar a su misma edad, y creía su hijo no tendría futuro si se sacaba algo. No le culpaba de su ignorancia, sino de la falta de confianza. En ese momento se dio cuenta de que el árbitro trataba de separarle de su adversario, arrinconado contra las cuerdas.

Se había criado con sus abuelos. Disfrutaba de los días de pesca con su abuelo, cuando embarcados comentaban cómo le iban los entrenamientos, o de los preparativos, montando sus propias moscas y comentando el combate de la noche anterior. Le gustaba, también, comer los huevos fritos que les preparaba su abuela cuando, vacíos, regresaban ambos del río. Aquellos días no le gustaba lo que su padre hacía desde que su madre ya no estaba. Golpe y a la lona.

Cada vez que se levantaba lo hacía imaginando la cabeza de su padre, negando. Aquella había sido la expresión perpetua con la que ahora recordaba al hombre que le trajo al mundo. Gesto con el que le había frustrado la mayoría de los sueños pero que hoy, sudado y ensangrentado, no sabía si debía agradecerle. Golpeó, fue golpeado, golpeó. Sonó la campana. ¿Qué habría dicho su padre entonces?


Fotograma: Million Dollar Baby (2004)