Naves en el pecho

El jueves amaneció nublado, con amenaza de lluvia. Cada hora en punto me asomaba por la ventana de la oficina para comprobar si el día se decidía o no a irse al garete, pero toda la mañana se arrastró bajo un cielo acerado y retumbante, cargado de lluvia, mas reacio a dejarla caer. Aquella noche se celebraba Santa Ana en Naves, la gran fiesta de julio en el Oriente, una noche, en el buen sentido de la palabra, buena. Pero ¿quién se atrevería a ir si finalmente diluviaba? Todavía recordaba los resbalones y caídas de mi primera noche allí, en el lejano 2010, al intentar descender entre los eucaliptos.

Llegó la hora de comer sin haber caído apenas una gota. Aun así, la gente se borraba de la cita. Que si frío, que si lejos, que si prácticas, que si cansancio, que si funeral, que si circuncisión o no sé qué boda gitana. Afortunadamente un puñado de almas honradas se pusieron las nubes por montera y me aceptaron entre ellos. Contacté con el hombre autobús y reservé un billete de última hora. La vuelta estaba programada para las cinco y media de la mañana. La ida, a las ocho.

Al poco nos encontrábamos en mitad del prado de la fiesta, cuyo nombre, si es que tiene, me avergüenza confesar que no conozco. V zascandileaba feliz como un camarero de local elegante que fantasea con montar una escena y despedirse del trabajo. Corría a un lado y a otro con un rústico soporte en la mano. El trasto servía para escanciar sidra en cuatro vasos a la vez. Todos los años, además de varios toneles de sidra, regalan estos cacharros, pero a nadie que conozca se le ocurre guardarlos. Cosa rara: son mil veces más prácticos que cualquier bandeja. La sidra de práctica tenía bien poco. Estaba aguada, podrida o simplemente mala. Probé un culín y lo escupí sin tragarlo, sabedor de lo que había ocurrido el año anterior por hacer lo contrario. Por el barril supe que la sidra venía de El Cabañón. Como le tengo infinito cariño a ese lugar, le perdono el siniestro bebedizo que nos ofreció.

Uno+uno+uno estaba en escena. Tenía al público en la mano, como siempre. Solo el diablo sabe cuántas veces he ido a verbenas amenizadas por esos tíos, Dios los guarde. Si fuera yo la comisión unipersonal de festejos de Naves, pasaría de cualquier cabeza de cartel y contrataría al antiguo dúo, ahora trío, para toda la noche. Ni orquesta ni DJ ni Pastora Soler ni David de María. Solo Uno+uno y su Waka waka.

Orbayaba. Los manteros sin manta, rápidos y vivos como el hambre, se hincharon a vender ponchos de plástico y capotes impermeables. Servidor les compró uno color amarillo bolsa de envases. De hecho, lo más seguro es que fuera una bolsa de basura con capucha. Los euros mejor gastados de la noche, si bien acabaron en tragedia, puesto que algún miserable me lo robó cuando dejó de llover y lo abandoné, desprevenido, junto a mi segunda lata de Baltyka. El hurto me dolió, la verdad. Y eso que estoy acostumbrado a que en todas las verbenas de Naves me hagan alguna faena. El año pasado, sin ir más lejos, una chica con falda corta y vergüenza y ropa interior ausentes nos meó los pies a unos amigos y a mí aprovechando un amago de lluvia, abriendo disimuladamente las piernas.

Las horas entre actuación y actuación se hicieron largas. Muchos desertaron y se internaron en el pueblo para bailar al son de la orquesta. Los fieles nos quedamos en el prado, sobre el fango y la hierba pisoteada, al encuentro de viejos amigos y compañeros a los que no volveremos a ver el próximo curso porque este ha sido el último. Pero vale más olvidar las despedidas, aunque sea por un rato, lo que dure una risotada y un grito de borracho que intenta mantener la compostura y saluda con gran efusión a mujeres y muchachos a los que sobrio no dirigiría una mirada. Eso es lo mejor de Naves: la felicidad distendida y animada, alérgica a las pendencias, en la que todo el mundo es más o menos conocido, pariente o amigo. Tal vez sea el rumor del oleaje en la playa de Gulpiyuri lo que despierta el buen humor en los habitantes nocturnos de Naves. Chi lo sa?

Saltó al ruedo Seguridad Social y el ambiente recuperó brío. A duras penas conocía tres canciones —más de las que esperaba—, pero el espectáculo funcionó. Tan solo me perdí un par de temas cuando me dio por garbear durante diez minutos por la aldea y tardé más de lo esperado en regresar.

Terminó la fiesta principal y todos salimos disparados rumbo a la plazoleta del DJ como hormigas que se lanzan en pos del cadáver de una salamandra. Al poco de llegar picoteamos unas patatas y una trinacia de hamburguesas amputada, alimentos propicios para insuflar ánimo en las cabezas que empiezan a pensar en la cama. Nos situamos detrás de la farola y permanecimos allí hasta que cortaron la música. Entre medias transcurrieron las mejores horas de la velada y del verano hasta el momento. Recuerdo, en un momento dado, haber mirado hacia el fondo de la plaza, más allá del murete donde se apoyaba un chico con el pómulo hinchado a causa de una terrible picadura, y haber quedado fascinado por la sincronía de las sonrisas de todos los jóvenes y jóvenas que balanceaban sus brazos al cielo. Vi la felicidad en aquella imagen tenebrosa, un coletazo de la gran belleza, y yo también fui feliz y recuperé un pedazo de la juventud perdida en las faldas del Carmín.

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Dramatización del ambiente en Naves a las cinco de la mañana.

Cerca de las seis abandonamos Naves. Nos encontramos a la salida del pueblo con un grupo de antillanos que bailaban a ritmo desaforado en torno a un altavoz que habían conectado a la batería del coche y que vibraba con más potencia que el equipo al completo del escenario del DJ. Ellos siguieron allí largo tiempo después de acabada la fiesta, dando rienda suelta a sus extrañas pasiones. Los envidié durante unos segundos por no necesitar eventos ni excusas para perder la compostura y zapatear sus preocupaciones.

Al llegar a Oviedo ya era de día y volvía a orbayar. Atravesé el Campo San francisco con V y con la artista, esta última envuelta todavía en el impermeable de la verbena. Qué buena mañana. Pasarlo bien fuera de Oviedo invita a disfrutarlo un poco más a la vuelta. Y aquí acaba la crónica. No estaré para las Piraguas, pero, siendo justos, hace mucho que ellas tampoco estaban para mí. Naves, en cambio, siempre está ahí, clavado en el pecho, asomando para todos, a punto de explotar.


Fotograma: The Wolf of Wall Street (2013) / GIF: La dolce vita (1960)