El fin de los caminos

La via Vittorio Veneto nace en la plaza Barberini, al pie del Quirinal, y sube, serpenteando medio escondida bajo el follaje de dos hileras de plátanos de sombra, hasta las estribaciones meridionales del parque de Villa Borghese. Su nombre, Vittorio Veneto, aunque parezca honrar a cierto señor ilustre y olvidado, conmemora una batalla de la Gran Guerra. Alcanzó la fama en los años sesenta con La dolce vita, esa película tan desconcertante. Era el parapeto romano del lujo, del joie de vivre, de la farándula y del cotilleo. Tenía terrazas con manteles y copas de Campari por pavimento, camareros de esmoquin y celebridades por feligreses, hoteles de cinco estrellas por farolas. El viento allí susurraba Saint Laurent. Hasta los cascos de las bestias que arrastraban las calesas, al golpear el suelo, arrancaban del asfalto una cadencia que sonaba a Louis Vuitton

Pero el bulevar está de luto, y nada queda del ayer. El caudal de turistas arremolinado en torno a la fuente de la plaza Barberini se desparrama por la vía del Tritón, en dirección contraria, en busca de la Fontana di Trevi, la plaza de España o el Corso. Apenas un manojo de ellos  se deciden a pasear por las otrora cosmopolitas, hoy desiertas, aceras de la via Veneto. Los grandes cafés han cerrado. Las boutiques, si es que algún día habitaron allí, hace tiempo que se mudaron a la via Condotti.

El Veneto es el foro menos antiguo y más triste de Roma. El Majestic, el Marriot y el resto de hoteles de lujo son sus obeliscos y dormitan a la espera de que algún futuro Papa los traslade a rincones más lozanos de la urbe. Las pocas terrazas que resisten están pobladas por fantasmas, vacías como nunca, ostentosas como solteronas entradas en años y carnes que ocultan sus vergüenzas bajo capas de ropa y maquillaje. Espectáculo patético verlas presumir, pavonearse, humilladas, con alardes elegantes. Así son los negocios que se niegan a morir en la via Veneto y sus cartas con bebidas a precio de oro.

Los años de gloria ya no existen. Las memorias de la via Veneto se difuminan en un lento ocaso sin adagio. Los recortes de periódico y las fotos de famosos, aún visibles en las ruinas del Café de París, son la última huella de su paso por el mundo. Así se desvanece la via Sacra de la Roma moderna. Pronto será otro monumento muerto en el fin de los caminos.


En la fotografía: Federico Fellini y el elenco de La dolce vita sentados en la terraza del Café de París