Segundo fuero contra los abusos del lenguaje

Inasequible al desaliento pese a las muchas amenazas que se ciernen sobre esta Monarquía de las letras (de la que sigo siendo el rey) y gozoso de ver el recibimiento popular de una actividad legislativa siempre en guardia en la preservación de nuestras sanas e inveteradas costumbres, vengo en promulgar y promulgo este nuevo fuero:

Ley primera:

Se ordena terminantemente que la actualidad sea vacunada contra la rabia antes de aparecer en público so pena de incurrir en delito muy grave contra la salud pública. El legislador no entiende por qué, si cada vez son menos los perros contagiados, la actualidad resulta tan incurable que cualquier problema social recogido en el más soporífero heraldo de provincias se presenta mediante el sintagma “de rabiosa actualidad”.

Segunda:

Los autores que, pensándose contestatarios, afirmen que sus libros están influidos por Bukowsky serán condenados a advertir en la faja que, en efecto, sus libros están influidos por Bukowsky. Resulta obvio que, para el legislador, estar influido por Bukowsky es conducta antijurídica, antisocial, antiliteraria y síntoma inequívoco de nesciencia.

Tercera:

El prologuista turiferario que eche mano de más de tres adjetivos laudatorios en sus alabanzas será condenado, como reo de maquinación para alterar el precio de las cosas, a la pena de reducir su proemio a un escuetísimo y desapasionado haiku.

Cuarta:

Ante la interminable pandemia de borgianitis, se ordena que cualquier plumilla que incluya entre sus lemas alguna cita del maestro argentino acredite notarialmente que al menos ha leído un libro suyo completo.

Quinta:

Se limitará drásticamente el aforo de los bares a fin de que concurran a ellos menos poetas y demás amigos del hambre y el lugar común. Para los literatos de hoy, los bares son lo mismo que los estanques de nenúfares y cisnes para los rubenianos o las fábricas con obreros de mono azul y fiambrera para los sociorrealistas del pasado siglo.

Sexta:

Quien repita siguiendo a Celaya que “la poesía es un arma cargada de futuro”, que se lo haga mirar. Quien lo haya dicho tras leer una pieza de Marwan o Diego Ojeda, que se lo haga mirar dos veces. (La estimable calidad poética del autor guipuzcoano no se pone en duda, aunque, si hubiera dedicado un poco más de tiempo a corregir la mayoría de sus poemas, su obra habría salido ganando).

Séptima:

El diletante literario que sostenga en público que Luis García Montero es el mejor poeta de la España de hoy será condenado para su propio solaz y aprendizaje a leer los sonetos amorosos de Antonio Carvajal hasta que reconsidere su canon. El legislador perdona al segundo su inexplicable devoción por el Che Guevara y no cuestiona los valores líricos del primero (sus valores políticos son del todo aborrecibles). García es bueno, pero Carvajal es mejor.

Octava:

Cualquier persona que escriba versos en castellano deberá saberse de memoria el “Amor constante más allá de la muerte” de nuestro mejor escritor. Quien contravenga esta norma habrá de permanecer inédito por los siglos de los siglos, amén.

Novena:

Se prohíbe toda burla dirigida contra la nariz de Góngora. Además de resultar anacrónica y poco original, constituye un atentado muy grave contra una de las más egregias figuras de nuestro canon.

Décima:

Todo escritor mozo que vaya de bohemio por el mundo alquilará una buhardilla en el barrio latino de París (a ver si le llega con lo que sablea a papá) y deberá sustentarse exclusivamente a base de absenta y sardinas en lata. También habrá de encamarse y practicar el coito acompañado de garrapatas, chinches, ratas y demás criaturitas de Dios. Lo demás es puro cuento. Tópico y además falsorro.

Y así, nuevamente, por los poderes que me confiere no ser miembro de la Real Academia -club a cuya pertenencia sigo aspirando tenaz aunque inútilmente-, sanciono este Real Fuero en mi Corte literaria, a quinze de abril de 2016.

Yo, el Rey.
15 de abril de 2016

Fotograma: Los diez mandamientos (1956)