Round One

Introduces el cartucho. Mueves la pestaña izquierda a “on”. La devuelves a la posición de “off” tras un suspiro de exasperación. Pulsas el gran botón central para retirar el cartucho. Soplas ritualmente los filamentos de éste, como si de una flauta de pan se tratase. Vuelves a insertar el cartucho y a desplazar la pestaña de encendido. Un “Licensed by Nintendo” vence a la negrura de la pantalla. Suena la sintonía de Capcom. Un sobrio título, que contrasta con la espectacular -y polémica- animación de la versión arcade, donde un rubio contendiente soltaba un tremendo directo a su rival afroamericano, anuncia que estás ante el Street Fighter II: The World Warrior de Super Nintendo.

Un buen sábado por la mañana, en otros televisores domésticos ya se estaría jugando al Super Mario de la Nintendo 64, al Crash Bandicoot de la PlayStation, o a lo que diablos se jugase en la Sega Saturn. Los más afortunados quizás incluso contasen desde el 6 de enero con una novísima PlayStation 2. Mi sala de estar, por el contrario, no conocería los gráficos tridimensionales hasta después de la salida de la Nintendo Wii. La vieja Super Nintendo de mi padre, acompañada por tres cartuchos, era más que suficiente.

El más llamativo de ese trío mostraba en su pegatina una inquietante escena -para los ojos de un niño-, en la que una aberración verde de pelo naranja, tras aparentemente derribar a un karateka, se abalanza sobre una artista marcial china. Sin embargo, las tempranas impresiones se disipaban al poco de iniciarse las amenas sintonías del programa, que no pocas veces he tarareado inconscientemente incluso a día de hoy. Reto a quién le parezca una exageración a que busque “Guile Stage Theme” en Youtube.

El plantel de luchadores (ocho personajes jugables más cuatro bosses en la versión original, que no se ampliaría hasta la aparición de revisiones posteriores) podría resumirse en una amalgama de estereotipos y peinados imposibles que, por algún motivo, tenía su carisma. Cada monigote mantenía una individualidad bien tangible: los súplex y pesados movimientos de wrestling del gigante soviético Zangief nada tenían que ver con los diligentes golpes a lo breakdance de Guile. Sólo en los casi clónicos Ryu y Ken las diferencias resultaban algo sutiles. Los movimientos especiales servían como constatación de que el realismo distaba mucho de ser la prioridad del juego: las bolas de energía emanadas de las manos de los guerreros, así como otros ataques físicamente imposibles, eran el abc de aquel colorido juego 2D. Mal que me pesase por aquel entonces, eran las céleres patadas de Chun Li las combinaciones que mejor sabía lanzar, siendo bastante útiles para hacer frente al feral monstruo amazónico Blanka.

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Los jugadores disponibles en la versión Turbo del juego. Atención a la bandera nacional que representaba al torero Vega.

Ahí estaba yo, jugando únicamente cuando el televisor estaba libre los fines de semana a ese fighting game ya desfasado, que había logrado secuestrar toda mi atención. Todo ello sin ser siquiera consciente de que ya había transcurrido casi una década desde el momento álgido de los 16 bits y la guerra de consolas entre la Sega Mega Drive (con bastante éxito comercial en la piel de toro) y la Super Nintendo. Fue en aquella remota y dorada época cuando mi padre y sus hermanos se repartían estopa virtual con en ese cartucho. Y si no recuerdo mal aquellas batallitas, era mi tío más joven el que solía alzarse con las victorias gracias a los temibles rodillazos y shoryukens de Ken, el irreverente karateka de pelo pajizo.

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Si avanzabas lo suficiente en el modo Arcade, podías entregarte al más puro vandalismo contra un Lexus en un Bonus stage.

Cuando, mucho después, me tocó el turno a mí, tuve que aprender por las malas, pues era mi padre el que, a imagen de esos intransigentes maestros de kung fu de películas serie B ochenteras, estaba al control del jugador 2. Básicamente, gran parte de mi experiencia en Street Fighter II, el primer videojuego del que tengo memoria, se podría resumir como una concatenación de soberanas palizas. Y cuando no estaba mi padre, era la CPU la que me dejaba para el arrastre durante los primeros compases del modo Arcade.

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Así solían dejarme el semblante.

Pero el tiempo vuela; este 2018 se cumplen 30 del nacimiento de la franquicia, y lo cierto es que aunque tal cartucho si me indujo una atracción por los juegos de lucha, esta no se manifestó nunca en una particular habilidad para los Street Fighter. Toda una espinita clavada en mi orgullo de videojugador.

La vieja Super Nintendo fue reemplazada por la portátil Game Boy y los cartuchos coloridos de Pokémon y nunca volví a saber de ella. Mi padre no se acuerda (o quiere no acordarse) de lo que hizo con ella, así que he tenido que adquirir la reedición en miniatura que recientemente ha lanzado la multinacional japonesa, para poder volver a arrojar hadoukens en el televisor.

En esta primera sesión de juego retro, mi hermano menor me ha vencido en 18 de 20 combates. Hay cosas que parece que nunca cambian… Continue?


Pantalla: Street Fighter II: The World Warrior (1991)

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