Del jerez y el desamor

La cosa sucedió el verano pasado. Entonces Pablo Medina nos ofreció para la sobremesa un ron envejecido en botas que antes habían albergado los mejores olorosos secos de su firma o una botella de Gran Duque de Alba Oro, brandy selecto que sabe sensacionalmente: calendario, maderas nobilísimas y holandas de palo cortado más nobles aún. Y yo, que en circunstancias así me suelo poner castizo, opté por el Gran Duque, temeroso de que me ocurriera lo mismo que al asno de Buridán, jumento al que, como ustedes saben, le pusieron dos montones con idéntica cantidad de alfalfa y murió de hambre porque no supo a cuál dirigirse primero.

Aquello, en realidad, surgió sin proponérnoslo. La primera idea era visitar sus bodegas, tomar unas copas de fino y almorzar en su casa. Pero todo se nos fue de las manos.

—Oye, Dani —me dijo Pablo—. Como sé tu devoción por la manzanilla y el oloroso seco, ayer di orden de que nos dejasen refrigerando una botella de cada. Con alguna sorpresita más.

Era sábado, afuera hacía calor y yo me sentía feliz, muy feliz, más feliz aún que en mis mejores tiempos de niño cuanto todavía no había comenzado el declive. Al fin y al cabo, esos detalles ablandan a cualquiera y los sequeros del norte tampoco somos una excepción.

La bodega de los Medina está a las afueras de Jerez, custodiada por una cuadra de caballos de pura raza española y un estanque que da para infinitas tesis en ornitología; tal es la variedad de pajarillos y cisnes que allí se encuentra. En tiempos, había sido la joya de la corona de Rumasa, de la antigua, pero el gobierno la expropió y terminó en manos de la familia de mi amigo. He de confesar que yo también la habría expropiado. Vinos así merecen una expropiación despótica e implacable, aunque ésta bordee la inconstitucionalidad o lo que haga falta. Demasiada calidad para dejarla en manos del libre mercado. Si yo hubiese sido Felipe González, la habría requisado tres veces con el único fin de cogerme una buena curda y hacer más digerible una acción de gobierno tan plagada de corrupción, ingeniería social, abusos de poder y terrorismo de Estado. Hoy, —cómo estarán las cosas— algunos le echamos de menos.

El sistema de humidificación del edificio refresca maravillosamente y paseando por sus inmensos pasillos uno se olvida de todo. No en vano, Williams&Humbert es la compañía que más litros embotella de toda Europa. Pablo nos condujo hasta la zona de degustación —con sus barricas firmadas por el rey Juan Carlos, la familia de Alfonso XIII o los cuatro Beatles antes de que Yoko Ono desbaratase los sesenta con su flácido trasero de Blandi Blub— y Francisco Pérez del Amo se detuvo a leer una carta de Sir Winston Churchill en la que se disculpaba muy compungido por tener que cancelar una visita concertada tiempo atrás.

—Como político que era —comentó Fran oportuno—, es seguro que Churchill mintiera muchas veces a lo largo de su trayectoria, pero estoy seguro de que lo que pone en esta carta es verdad.

Reímos la ocurrencia e invocamos a Sir Winston. No olvide el lector que Churchill era un buen borracho.

Y en ese momento empezó el festín. Como esos directores de orquesta que elevando mínimamente la mano dominan músicos y auditorio, Pablo Medina nos fue ofreciendo olivas, bandejas de lomo, jamón de bellota y queso viejo de oveja, picos camperos y regañás, fino, manzanilla, fino en rama de añada y oloroso seco de añada también. Un prodigio enológico, la cuadratura del círculo del saber jerezano. Jorge Suárez reía de gusto y David Horas se olvidaba al fin de su melancolía; y eso que había llevado una selección de pasajes del célebre tratado de Burton para leerla durante el viaje. Hasta el momento, Jorge me estaba dando pena. El pobre había tenido que aguantar las conversaciones que mantuvimos Fran y yo en su coche mientras se hacía ochocientos kilómetros para llevarnos a Jerez.

En esas estábamos, cuando Pablo, con esa elegancia de hombre tranquilo que no necesita reivindicarse ni presumir de nada porque sabe que saliendo de Jerez y de sus bodegas el mundo es más cruel, más estúpido y menos grato, alzó muy suave la voz y dijo:

—Señores, ¿qué les parece si de postre tomamos un cream y matamos ese queso?

—¡Sea! —respondimos los cuatro al unísono—.

Pero como el día iba de sorpresas, Pablo no nos sirvió un oloroso dulce sino dos: el Canasta y el Canasta de veinte años. Era como si la vida mereciese mucho más la pena que en los días previos, aunque sólo fuese por aquellas tres horas largas que llevábamos con él, comiendo, bebiendo y celebrando la vida con todos sus vaivenes y euforias, ensalzando la amistad mientras reíamos y nos hacíamos mejores personas antes de que la cotidianidad de septiembre nos forzase de nuevo a luchar contra ese mal absurdo e infantil que rige el mundo y que va minando las esperanzas de los hombres buenos. Parecía que Dios estaba a nuestro lado compartiendo el vino y el alimento, sonriéndonos con ternura y alegrándose de nuestro sano vitalismo, tan necesario para sobrevivir en un mundo atestado de egoísmo, envidiosos y gentes miserables.

Aquellos días yo estaba de luto. Hay amores que nacen muertos o que directamente se niegan a nacer y yo me encontraba rindiendo a uno de ellos sus honras fúnebres, a un amor surgido y muerto —es un decir— en julio de 2016. Todos los veranos hay una mujer, pero en mi caso los afectos se alargaron. Y lo que tenía que haber desaparecido en dos meses se enquistó durante bastante más tiempo. A veces deseamos que sea una chica concreta la que nos ayude a encontrar sentido a las cosas y nos cuesta asumir que todo el bien que guardamos para ella apenas reclame su atención.

Yo creo que conmigo fue mala persona y que no merece una línea mía. Es una de esas chicas a las que le gusta gustar, que se siente satisfecha viendo cómo algunos idiotas bailamos a su son y que se permiten mientras tanto criticar con saña la frivolidad del mundo. Pero si ciertos nombres llegaron a importarnos, conviene pensar que tuvimos motivos para sentirlo así y, por encima del dolor, está la vida que sale al encuentro, aunque haya de seguir sin ella o pese a ella, con todo lo bueno que esa mujer significó un día para nosotros. Nuestro tiempo es para quien lo merece y casi siempre nos equivocamos con el destinatario. Hace tiempo escribí una soleá que dice: “¿Lloras, dices, por amor?/ Quién sabe si al no quererte/ te están haciendo un favor”. Y eso era lo que estaba sucediéndome.

Les decía que por aquellos días yo estaba de luto, acordándome de aquella chica tan cruel e ilusa que pensaba que iba a encontrar un novio mejor, cuando me recreaba en el sabor del queso de oveja y sentía que la bondad se me acrecentaba. Por un momento, mientras apuraba el cuarto catavinos de cream, me asaltó su imagen y pensé en el resto de las mujeres y no-mujeres de mi vida. Se me escapó sin querer un breve suspiro de tristeza, pero me repuse en el acto. Por encima del amor y del desamor, había una cosa de la que estaba convencido: aquella chica no merecía ni un segundo de mis días en Jerez y Pablo estaba a punto de ofrecernos uno de los mejores brandis de España.

25 de agosto de 2018