Lo que le falta a Woody Allen

Cuando era pequeño, a Sören le dijeron que era un niño talentoso. Acto seguido le explicaron lo inútil del talento si no va acompañado de trabajo duro y compromiso. Sören, que ha sido infante, pero nunca gilipollas, comprendió que aquel halago era en realidad una reprimenda, pues el trabajo convencional y su compromiso anejo eran realidades desconocidas para él, y cuanto le salía bien era fruto del talento contra el que sus maestros le advertían.

Cuando se hizo algo mayor, Sören discurrió en silencio sobre lo inane del trabajo en comparación con el talento, don que está solo al alcance de aquellos que siempre lo han poseído, que es auténtico, natural e intransferible, cuyos sucedáneos están condenados a un pronto resquebrajamiento. El trabajo, por el contrario, era una circunstancia prosaica y al alcance de cualquiera, útil para disfrazar a un botarate de hombre libre, propensa a elevar a quienes la vida, en su sabiduría, decidió dejar a un lado. A Sören le parecía inhumano todo cuanto es impersonal y no dota de excepcionalidad a una vida.

Cuando Sören se hizo hombre comprendió que el talento era arbitrario, cruel y dogmático, mientras que el trabajo era una herramienta liberadora, una cizalla siempre presta a destrozar las cadenas impuestas por capricho de una vida altiva sobre los hombres. Descubrió con gran pesar, además, que no todos los talentos eran iguales, y que la forma más sencilla de caer en la desesperación es ser depositario de un talento anodino.

Un ser carente de talento en grado sumo pondrá todo su empeño en el trabajo, y cuanto alcance será mérito suyo y digno de alabanza. La falta de miras elevadas le hará creer que sus espurias conquistas son dignas de un titán. Vivirá feliz y satisfecho.

Un monstruo de la naturaleza dotado de talentos inhumanos heredará la tierra. Suyo será el éxito y la inmortalidad a través de su obra. Incluso si el destino le priva del reconocimiento mientras vive, sus dones lo convencerán de que es víctima de una injusticia que el tiempo y la posteridad no tardarán en remediar. Tal vez no vivirá feliz, pues la satisfacción es inasible para un corazón impetuoso como el suyo, pero vivirá eternamente.

El hombre medianamente talentoso, por el contrario, es consciente, aunque lo niegue, de sus limitaciones. Su mirada se encuentra a media altura entre el genio y el trabajador, lo suficientemente alta para contemplar lo que podría haber llegado a ser si la vida lo hubiera favorecido más. Malgastará su vida conjurando las imposiciones de la cotidianeidad. Quizás alcancé cierta notoriedad o una buena posición social, pero en el fondo de su corazón siempre se considerará un farsante, y envidiará a un tiempo el peso de la genialidad y la levedad de la ignorancia.

Sören se sabe miembro de este último colectivo y lo conlleva como puede. Aquí, no obstante, se ha de dar entrada, tras el talento y el trabajo, a una tercera fuerza: la suerte.

Cuando Sören se olvida de los problemas de la vida recuerda la lección que Woody Allen enseña en Match Point —es este un extraño giro del artículo, ¿verdad?—. Sören la recuerda así:

Aquel que dijo «más vale tener suerte que talento» conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia adelante y ganas. O no lo hace, y pierdes.

Para el hombre a duras penas talentoso este es un pensamiento alentador y frustrante a un tiempo. Es alentador si, al escucharlo, piensa en el genio verdaderamente talentoso. Nuestro hombre confía en que la suerte arrebate al genio cuanto la vida se ha empeñado en darle. Nuestro hombre es envidioso, como todo el que sueña poseer algo, y no lo esconde. Ve en la suerte una potencia igualadora, un segundo factor de arbitrariedad que tal vez compense los caprichos del talento, ensalzándole a él y humillando al genio. Es frustrante, empero, si, al escucharlo, piensa en el hombre trabajador y en su actitud humilde. A Sören le horripila la posibilidad de que un hombre así sea aupado por la fortuna hasta posiciones que corresponden a los seres talentosos. De nuevo movido por la envidia, Sören interpreta cualquier éxito ajeno como un mérito que le es arrebatado.

Afortunadamente, Sören tan solo es víctima del celo de cuando en cuando, y es de natural benevolente. No teme reconocer estos pecadillos, que, considera, le humanizan y le ayudan a no olvidar las miserias de su corazón y del mundo.

Ahora, curado de la envidia, Sören recuerda esta frase que abre la película de Woody Allen y medita la ironía de que un genio como él, como Woody Allen, haya caído presa de la suerte en el ocaso de su vida, habiendo sido hasta el momento públicamente afortunado. A Woody le ha faltado la suerte de convivir con una opinión pública capaz de evaluar los hechos y la información racionalmente. ¿Ven? La suerte es una fuerza igualadora: Woody Allen no encuentra financiación para sus películas; entre tanto, Marvel ya tiene programados sus estrenos para 2022.


Fotograma: Match Point (2005)