Cita en Moulinsart (Parte I)

Lo que se relata a continuación no sabe su autor si es el fruto de un sueño, una borrachera, la imaginación o la propia realidad.

Cuando llego al castillo me encuentro con el bueno de Néstor limpiando lo que parecen los restos de una florero que hacía unas horas refugiaba dos preciosos geranios; pues este encuentro tuvo lugar a mediados de primavera. Escuchaba de fondo los ladridos de Milú, suaves pero decididos, como me había imaginado alguna vez que sonarían los gruñidos del inteligente Fox Terrier. Moulinsart estaba impresionante entre unos jardines cuidados y verdes —intuyo que atendidos por el profesor Tornasol y fertilizados por algún extraño mejunje que el científico haya conseguido desarrollar. Néstor es un hombre afable, que me reconoce antes de presentarme y me invita a pasar al interior, donde me dice que tanto Tintín como el Capitán se encuentran esperándome.

Una vez atravieso la puerta me encuentro con una impresionante escalera que conduce a los tres pisos que tiene la vivienda, como añadido un desván, bodega y sótano en el que tiempo atrás encontraron parte de la fortuna de los Hadoque. A mi derecha, un amplio salón con un piano en el que recuerdo haber leído que el señor Wagner, pianista de confinza de Bianca Castafiore, “ensayaba” escalas. A mi izquierda, entreabierta, una puerta que conduce a otra sala en la que aún quedan algunos focos olvidados de aquella grabación que le habían hecho para televisión al Ruiseñor Milanés. Subo la escalinata hacia el primer piso y, tras el mayordomo, entro en el salón principal de la residencia. Mi cabeza no deja de recordar todas las aventuras que había leído. Es un espacio grande, rodeado completamente de altos muebles en madera oscura, de calidad y antiguos. En una de las vitrinas veo un fetiche arumbaya junto con los restos de una de las siete bolas de cristal. Enmarcado en la pared un recorte de prensa en el que aparecen retratados Tintín y el Capitán con un gorila de tres cabezas más de altura. Veo cerca de la ventana al lozano reportero que viste camisa blanca y bombachos marrones. Tintín se acerca a mi tendiéndome la mano.

—Bienvenido a Moulinsart, Monsieur Rozas —me recibe el joven pelirrojo.

—Bienhallado, amigo, es un verdadero placer —le respondo, no sin cierta sensación de familiaridad.

Me invita a sentarme en un gran sillón tapizado con cuadro escocés en tono azul y verde. Invitación que acepto mientras cojo una taza de té que me ofrece Néstor en una bandeja.

—¿Lo quiere con leche el señor? —pregunta el servicial mayordomo.

—Sí, por favor —respondo—; hace ya treinta y cinco años que nadie les entrevista, y menos en castellano. Me alegra que el último en hacerlo haya sido compatriota mío para ya el desaparecido diario Pueblo.

—Oh, sí, Monsieur Reverte. Aún mantenemos contacto con él. Un amigo, sin duda alguna. Temperamental pero de buen corazón, como el Capitán.

—No tengo el placer de conocerle, pero me he leído la entrevista que les hizo. Acepto que me ha servido de inspiración para esta que les vengo a hacer hoy yo.

—Preparar una entrevista es un trabajo difícil, lo sé. Toda inspiración es poca. Arturo nos vino a visitar cuando nos dejó Hergé. Un día triste aquel —se aflige.

—¿Han vivido aventuras desde que no está el belga entre nosotros?

—¡Por supuesto! No hemos parado, siempre hay algún lugar para conocer y algún lance que vivir. Nuestra filosofía, como conocerá, es comprar el billete de avión o el pasaje de barco antes de pensar si debemos ir. Así no podemos decir nunca no. [Ríe]

En ese momento entra por la puerta el viejo Capitán Haddock, lo que hace que deje mi té en una pequeña mesita, al lado de lo que parece un cenicero con un “¡Viva Alcázar!” inscrito, y me levante nerviosamente. El Capitán es un hombre de gran estatura, le echo un metro noventa y muchos centímetros, con una voz fuerte y de modales rudos. Con el ademán de estrecharle la mano él me da un abrazo, como a un amigo al que hace años que no ve.

—¡Archibald Haddock, para servirle en todo aquello que pueda! Le esperábamos con impaciencia. Este Castillo nunca está tranquilo, siempre hay visitas. Esta misma mañana han abandonado sus paredes el emir Ben Kalish Ezab y su hijo, Abdallah. ¡Maldito diablo, mil millones de naufragios! No ha dejado ni una maceta sana, con el cariño que había puesto el Profesor este año a las flores. Pero fíjese, ya tengo la venganza planeada —me muestra un paquete de Amazon Prime que traía en el brazo, con una especie de artilugio que lanza agua de una empresa de bromas en su interior.

—Verdaderamente el pequeño Abdallah tiene la revancha preparada —le respondo.

El Capitán se frota las manos mientras ríe fragorosamente, después toma un álbum que no deja durante toda la entrevista, intercalando mis preguntas con documentos que me hacen envidiar todos los viajes que hicieron mis entrevistados. Empieza por enseñarme los planos originales del submarino diseñado por Tornasol con el que hallaron el Unicornio y el tesoro de Rackham el Rojo. Sé que es importante para él, así recuperaron el honor los Haddock.

—¿Cuál ha sido para ustedes el episodio más importante de todos los que han vivido?

—Sin duda alguna cuando tuvimos que escalar el Himalaya para rescatar a Tchang —responde Tintín rápidamente—. El Capitán demostró estar a la altura de las circunstancias y le aseguro, querido Nacho, que la altura era de muchos metros.

—Aún tenemos una partida pendiente de ajedrez, Tintín —le recuerda el Capitán—. Pero para mí el viaje a la Luna fue uno de los momentos más trascendentes. Especialmente cuando puse en peligro la vida de todos. Nunca me he vuelto a pasar con la bebida, aunque confieso que no la he dejado del todo.

—Debería olvidar ya lo que hizo, Capitán. —El joven le pone la mano en la espalda al marino, que ahora buscaba con la mirada un vaso con un par de diamantes de hielo y unas gotas de whisky—. En realidad viajes importantes han sido todos, hemos evitado que estados cayesen en dictaduras tiránicas, hemos evitado que villanos se saliesen con la suya, hemos conocido y hecho grandes amigos. Y al cabo son los amigos que hacemos lo que importa de estas aventuras. En unos días visitaremos a Oliveira que ha abierto un nuevo bazar de Lisboa y en julio tenemos planeado un viaje exprés a Perú, a pasar unos días en el Templo del Sol.

Ahora suena el teléfono de la sala y es el propio Capitán quien responde.

—¡Diga! ¡Silvestre! ¡La hora del encuentro eran las cuatro en punto! ¡Las cuatro! ¡Mil millones de naufragios! ¡Tornasol, está usted más sordo que un murciélago de escayola! ¡Extracto de saltimbanqui con gafas! ¡Ornitorrinco de laboratorio! ¡Venga de una vez a la sala que nuestro amigo de Argo ya está aquí! ¡A las cuatro de la tarde en punto! ¡Mil rayos! —Cuelga el aparato—. Disculpe la interrupción, el Profesor es un poco duro de oído, pero creo que ya viene hacia aquí.

—Fantástico —respondo—. Les quería preguntar por la financiación de todos sus episodios. ¿De qué medios disponen?

—Pues siéndole totalmente franco —responde Tintín— vivimos básicamente de las rentas que nos genera el Tesoro de Rackham el Rojo. En este sentido el Capitán quien sufraga los gastos. No obstante, disfrutamos también de ingresos que nos han generado dos o tres trastos que el Profesor ha conseguido colocar en la teletienda y, por otra parte, yo aún escribo aventuras y desventuras en diferentes medios. Eso sí, lo hago bajo un pseudónimo.

—Supongo que no podría preguntar por el pseudónimo que utiliza.

—Quizás algún día me desenmascare, pero hasta entonces prefiero el anonimato. [Sonríe]

El Capitán seguía ojeando las páginas del álbum y encontró una vieja etiqueta de Loch Lomond, su whisky de cabecera.

—¿No le apetece, amigo mío, un poco de whisky en ese maravilloso té? —me pregunta Haddock—. Seguro que se suelta la lengua.

Lo que me decía quedó interrumpido por la espectacular entrada del profesor Silvestre Tornasol, que montaba una especie de tabla con dos ruedas, de estas que usan los niños ahora. Aprovechando la ocasión, vi al Capitán echando unas gotas del brebaje dorando en mi segunda taza de té.

Aunque no existió en el encuentro pausa publicitaria, el autor prefiere dejar para otra ocasión u ocasiones el desenlace de la cita con la intención de no aburrir al lector que hasta aquí haya llegado.

 

Viñeta: Castillo de Moulinsart, de Hergé