Diario I

Últimamente soy incapaz de distinguir entre sábado y domingo. Por culpa de un horario caprichoso, mi fin de semana comienza los jueves a las tres de la tarde. No me quejo. Los actuales son los fines de semana más largos y despreocupados que he tenido, circunstancia que ha mitigado mi natural alergia a las tardes de domingo.

Qué poco interesante esto que digo, parezco Antoine Roquentin. Estoy sentado frente a uno de los escritorios de mi cuarto y he pensado que no había ningún contenido programado para este martes —hoy—. He suspendido mi lectura y me he dispuesto a pergeñar unas pocas líneas que dieran sentido a la foto de cabecera que aún no he decidido y que insuflaran cierta vida, al menos movimiento, a esta página/proyecto editorial digital que es Argo.

Como tengo la suerte de escribir bajo seudónimo puedo permitirme la frivolidad de escupir memeces como estas que leen sin avergonzarme más de la cuenta. El hermano Kierkegaard hacía algo parecido, aunque bastante más divertido. Véanse las desavenencias entre dos de sus heterónimos: Johannes Climacus y Anti-Climacus. Me pregunto qué intención alimentaba semejante proliferación de alter egos. El anonimato queda descartado. Tal vez un desdoblamiento de personalidad, un prolegómeno de la debacle cerebral que lo mató tan joven. Tan joven como él sospechaba, por otra parte. Quizás un desabrimiento hacia su propia identidad, las deudas familiares y los estigmas contenidos en la sangre. Puede que la manía de desprenderse de su auténtico nombre viniera de aquel famoso trauma paterno, el que reverbera en las páginas de Temor y temblor, la maldición del nombre de Dios. Tal vez la pérdida del nombre llevase aparejada el indulto de la providencia. Tonterías.

No sé qué llevaría al hermano Kierkegaard a abundar en sus manías, pero descubrirlas ha sido un evento grato para mí, que no tengo mayor afición por los seudónimos que la derivada de la estricta necesidad de llenar páginas leídas por casi nadie, pero que han de estar ahí, archivadas con nombres y apellidos para aparentar tránsito de líneas. Sören es un actor en paro contratado por un hostelero para que haga bulto en la barra de un bar y la nada no espante a posibles clientes verdaderos, el tercer comprador interesado en una vivienda que parece casi casi a punto de abonar la señal. Así las cosas, Sören es uno de los sujetos más útiles, sinceros y reales que conozco. «Dale una máscara a un hombre y te dirá la verdad», lo había olvidado.


Ilustración: Rogelio rescatando a Angélica (Orlando furioso), por Gustave Doré