Crítica: El reino

Fiesta del cine. Confieso que esta es la única razón por la que me planto un lunes en el cine de la mano de la vampira de Düsseldorf. Vamos a ver El reino (Sorogoyen, 2018), película sobre la corrupción. Miedo da el tema, más aun después de varias semanas de ubicua propaganda made in Atresmedia. Los titulares de la visita de Antonio de la Torre, protagonista de la película, a El hormiguero estuvieron a punto de echarme atrás. No porque dijera alguna tontería, cosa que seguramente hizo, pues quién deja pasar la oportunidad de quedar en ridículo con un micrófono en la mano, sino porque estoy convencido de que la bobalicona vaciedad de Pablo Motos es contagiosa. Solo el doble check azul y positivo de Boyero me condujo de vuelta al redil del buen cine y me inclinó a darle una chance a la película. Al fin y al cabo, Sorogoyen tiene un buen historial.

Acierto. Gol por toda la escuadra. Grande, otra vez, Boyero, Grande, Sorogoyen. Grande, De la Torre.

Comienzo. Plano secuencia: De la Torre caminando decidido a ritmo de house austero, un calco de Tarde para la ira (2016), este hombre tiene unos andares muy cinematográficos. Le vemos entrar en un restorán atravesando las cocinas, dando a entender que manda. Allí le espera una comilona de concejales/diputados/fontaneros/altos cargos de un partido para cuya identificación basta contar las cabelleras engominadas y repeinadas que sobrevuelan la mesa. Ninguna sorpresa: un retrato de la corrupción institucionalizada, sus tics, dejes, filias, pecados, etc. Todo un poco salpicado de clichés, pero, siendo honestos, la corrupción es un tópico en sí mismo, y el corrupto de partido un arquetipo, pronto un héroe del underground.

Mi recelo inicial se vino abajo en cuestión de quince minutos. El reino ofrece una versión cruda, fría y minuciosa del savoir-faire de las bandas de piratas que surcan las aguas de lo público y de la histeria que sobreviene entre los ladrones cuando el buque comienza a hacer aguas. El retrato del corrupto resulta tan realista como atípico por aparecer virgen de maniqueísmo, de perogrulladas de columnista de eldiario.es y reportero de Al rojo vivo, de consigna mustia en boca de asaltante del congreso. El reino se esfuerza por ser veraz y desquitarse los complejos y prejuicios que tantos escándalos peperos han soldado en las retinas de quienes ven La Sexta Noche, y lo hace con un éxito rotundo.

La acción se desenrosca vertiginosamente, tanto que en algunos momentos pierde inteligibilidad y confunde al espectador. Algunos personajes, como el de Francisco Reyes o el de Ana Wagener, operan de forma más necesaria que grata. Sin embargo, ambos desempeñan una función adecuada en la narrativa general y la película se sobrepone velozmente a sus pequeños baches gracias al acertado desenfreno que atraviesa la acción de principio a fin.

De la Torre está inmenso en su contención. Con una mezcla de pusilanimidad, vanidad y coraje hace de Manuel López-Vidal un perfecto sospechoso habitual de la actualidad política española. También destacan las interpretaciones de Josep María Pou y Luis Zahera, que con apariciones nimias consiguen dotar a sus personajes de una particularidad brillante. El elenco en general funciona. Bárbara Lennie es una buena Ana Pastor. La aparición de Petón me hizo reír.

Gran película, casi un Lobo de Wall Street de la corrupción, aunque carezca de su poder euforizante. El cineasta decide con buen criterio y picardía regar la segunda mitad de la película con una dosis ligera —justita— de moraleja. Bravo. En los últimos minutos temí abandonar la sala con mal sabor de boca. No fue el caso, Sorogoyen acertó al no concluir la película tras su mejor escena, y miren que era tentador.


Fotograma: El reino (2018)