Pajarillos

La paloma tiene mucho en común con el hombre de ciudad. Ambos son transeúntes. Te cruzas con ellos en la acera, apenas los miras. Si lo haces, su rostro se te olvida en cuestión de cinco pasos, lo que tardas en fijarte en otro rostro y olvidarlo a su vez. Su plumaje grisáceo, ceniciento y mustio bien podría ser una gabardina de mala calidad, o cualquier prenda de Zara que luce flamante al salir de la tienda y que aligera los pasos de quien la estrena, pero que, al año siguiente, al llegar la misma temporada, sale acartonada del armario, parece el recuerdo de un disfraz que no merece la pena ser donado y se convierte en una promesa de trapos.

Decía que las palomas tienen mucho en común con el urbanita pues ambos hacen de figurante anónimo en la escena de prisas de las calles y avenidas. Humanos y aves, todos semejan cierta entereza, dan el pego, son normales, imposible encontrar en su aspecto un detalle abyecto. Eso dice la apariencia: todas las palomas son perfectas, iguales, como lo son nuestros vecinos. El único distintivo que muestran es el colorido iridiscente que ilumina sus buches, tan próximo en brillo y tonalidades a la superficie grasienta que a menudo sobrevuela los charcos que la lluvia o las mangueras mañaneras forman en los hoyos del asfalto junto al bordillo.

Un día, sin embargo, te percatas del movimiento achacoso de uno de estos indeseables animales. Lo ves avanzar a trompicones, despojo de una bandada presurosa, y miras sus patas. Pero no hay patas, lo que sostiene a la paloma sobre el suelo son un par de muñones bulbosos y tumefactos, una maraña nauseabunda de tumores que hace semanas perdió su última garra. A partir de entonces te detienes a comprobar el estado de las patas de cada paloma que se cruza en tu camino, y descubres que únicamente un manojo de pájaros está sano y no ha perdido ninguna extremidad. La mayoría camina sobre racimos de dolor y protuberancias.

Como palomas que disimulan sus malformaciones, los vecinos, los habitantes del mundo que llamamos casa, calle, barrio, ciudad o pequeño reino nuestro, caminan arrastrando sus bultos de secretos y miseria. En eso se parecen a las palomas: solo uno entre cien soporta tu mirada escrutadora. Sus perfecciones y aspectos convincentes convenientes se resquebrajan como el último recuerdo de un sueño delicioso al despertar. Bajo el orden aparente de los días, todos son desgraciados, cada uno a su manera.


Fotografía de Lucas Oraá