Crítica: Cold War

El segundo día de mi estancia en Breslau me uní a una visita turística que recorría el casco antiguo. El guía nos enseñó a pronunciar correctamente el nombre de la ciudad, que en polaco se escribe Wrocław y viene a pronunciarse «Vrótsuaf». Yo prefiero llamarla Breslau, que es su nombre mejor y alemán, aunque la historia lo haya cambiado. El guía nos enseñó a reconocer otras huellas del transcurso de los siglos además del cambio de nombres: marcas en los edificios, los ríos y el carácter. Gracias a este tour empecé a descubrir la ciudad en que viví y que hoy mi memoria invoca como una amalgama de rostros únicamente suyos que la hacen tan ella y tan cercana que jamás podrán formar parte de otro sitio, como los lunares que dibujan caricias en la piel de un primer amor y son adorados con una devoción loca cuando tocan tus dedos, como los pelos de las cejas que te miran solo a ti, siempre a ti y a nada de la misma manera.

Para mí esos lugares son lo que son, una sola cosa que supongo que no son para nadie más. En el tour descubrí algunos: la vajilla encadenada del Konspira en el Zaułek Solny, o «pasaje de la sal», junto a la biblioteca gótica; la fuente del espadachín, el arco de la universidad y la mención del Aula Leopoldina; el extraño bar del cocodrilo, al que meses más tarde no quise entrar por culpa de la peste del humo concentrado; la fachada del Ratusz; las floristerías siempre abiertas de la plaza Solny; la calle Świdnica; el pilar de ejecución de números falsos; las casas Hansel y Gretel; el pasadizo de los carniceros y su ganado de bronce; el gulash servido en bollo de pan de Kurna Chata, a la que fui muchas veces para comer siempre lo mismo; las dos orillas del Oder y las islas varadas en su cauce; el Hala Targowa, sus manzanas y la fealdad de la plaza Norwy Tag; las flechas blancas pintadas en las fachadas que más tarde descubrí que señalan antiguas entradas de refugios antiaéreos; el bulevar que circundaba mi barrio; los dulces de Nasza Pączkarnia —¡Dios, cuánto los echo de menos!—; la isla de arena; el puente Tumski; la silenciosa ya-no-isla de la catedral; la soledad gloriosa de la Ópera, ¡mi Ópera!… Son demasiados lugares, más que estatuillas de enanos pueblan las calles de Breslau, y los recuerdo todos, muchos más.

Bien. Salta a la vista que no soy objetivo con lo polaco. Dicen que no se ha de volver al lugar donde se fue feliz, pero, ay, el lugar donde uno fue feliz nunca le abandona.

Cold War es la última película de Pawel Pawlikowski, cineasta polaco que ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2014 con Ida, película protagonizada por una monja de clausura que abandona el convento para descubrir las desgracias que acabaron con su familia. No he visto Ida, y de ella tengo referencias contradictorias; pero he visto Cold War ayer, y puedo asegurar que la obnubilación que me produjo su arranque aún perdura. Cold War es la belleza.

Pawlikowski
Pawlikowski dando instrucciones durante el rodaje.

Relato puro y veraz, en apariencia no rodado, natural y romántico como puede serlo el filo de un puñal. Derroche amoroso sin un ápice de sensiblería. Alarde de poderío formal y sensible, juego profundo. Magnífico guión, narración suave y poderosa, inteligente sucesión de escenas. Sus elipsis me han trastocado el corazón. Ese músico, esa cantante, ese amor desaforado y digno, tan humano, tan wagneriano en su entrega a la pasión sin desespero, a lo carnal, a lo real, a lo sincero. Película bella, arrebatadoramente hermosa.

Cold War 2

¿Hay tesis?, ¿hay moraleja? Sí, claro que sí, y deja de haberla también, pero no quiero mentarla, de verdad. No vale la pena. Prefiero quedarme con el barro que pisan unas chicas polacas al descender de una furgoneta. Solo quien haya pasado un invierno en Polonia entenderá lo que implica el barro, el eterno barro, la dignidad hollándolo, sobreviviendo a su pesar. Omnipresente barro. Otro día hablaré de él.


Fotogramas: Cold War (2018)