Diario II: Quien lee libros prestados se presta a sí mismo

Cuanto menos tiempo tengo para leer más leo. Hoy he tenido todo el día para leer. No he leído nada. Qué ironía. ¿Ironía? La ironía del capricho, en cualquier caso.

Esta mañana, por primera vez en mi vida, he visto al tío de Don Quijote fuera de su librería. Vestía una gabardina y un gorro de lluvia, como si fuera de incógnito. Para mí, desde luego, iba de incógnito. Cruzarme con él en el Fontán, tan lejos del polvo y de los libros, tan fuera de lugar como un santo sin nombre ni epítetos caído de su hornacina, me ha arreglado el domingo. La lluvia me lo había arruinado: la lluvia mata a los libros, hoy ha llovido a cántaros, y la única gracia que encuentro en los domingos es pasear entre los puestos del Fontán y comprar libros que no necesito, aunque los necesite todos.

Encuentro algo degenerado en las personas que sacan libros de la biblioteca. Seré más específico: las personas que no compran libros, pero sacan muchos de la biblioteca. ¿Por qué? Primero, porque los libros de la biblioteca suelen estar gastados, arrugados, deshilachados, es decir, son objetos delicados, vulnerables al tacto y a los elementos. Sacarlos de la biblioteca es como sacar a un anciano de luengas barbas blancas de su residencia y dejarlo desvalido frente a los azares del mundo, robarle su manta y la quietud del sofá y arrojarlo a lo desconocido. El anciano puede sobrevivir al periplo, claro, pero no puede volver mejor de lo que salió, al igual que un libro prestado puede volver a su estante peor o igual que como estaba antes, pero nunca mejor. Conclusión: sacar un libro de la biblioteca implica un riesgo innecesario para la salud de los libros, y a los libros, como a los ancianos, hay que tratarlos bien. Si en verdad existe un orden moral objetivo, este será uno de sus preceptos más básicos y de cajón.

Segundo, el buen lector es un fetichista. Un lector que no siente una atracción fetichista por los libros, o bien es un tarugo que lee como podría hacer cualquier otra cosa, o bien es un psicópata. En ambos casos es un mal lector o, cuando menos, un lector despreciable. A ninguno de ellos habría que dejarlos entrar en una biblioteca: al segundo, por razones de sentido común; y al primero, porque hay entretenimientos mucho más útiles con que llenar los días y si no los practica, es seguramente porque no los conoce.

Sin embargo, es el lector fetichista que saca libros de la biblioteca el espécimen más problemático y al que encuentro más degenerado. Problemático porque su fetichismo lo convierte en un ladrón de libros en potencia. Degenerado —hasta aquí quería llegar— porque un fetichista que abandona y comparte voluntariamente el objeto de sus fetiches solo puede hacerlo por dos motivos: uno, porque al hacerlo está saciando un segundo y más intenso fetiche; y dos, porque no tiene corazón. No tiene corazón, no tiene moral, no tiene conciencia. Su fetiche tiene raíces malvadas o —peor— prácticas.

El lector que abandona los libros que ha leído es un degenerado porque no siente nada por ellos. Esto puede parecer tan absurdo… pero es tan evidente para cualquiera que ame los libros verdaderamente. Un libro leído no solo encierra tinta entre tapa y tapa, también encierra los sentimientos que despertó su lectura y a la persona que lo leyó. Esta persona no es la misma que deja el libro en una estantería, entre otros libros, como un pilar nuevo en el edificio de su conciencia. El lector cambia con la lectura: la persona que comenzó a leer queda atrapada entre las páginas y otra nace fuera, parecida y diferente. Así, el libro pasa a ser el retrato de la persona que uno fue, un recuerdo que va tornándose más ajeno cada día y acaba por convertirse en un viejo amigo, en un viejo amor.

Quien lee libros prestados se presta a sí mismo.


Fotografía: Biblioteca del Trinity College de Dublín