Un apóstata nocturno

El deambular noctámbulo por las calles de Oviedo, geriátrico exquisito, es mi costumbre. Una noche, caminaba calle Toreno abajo, hacia mi casa, cuando pisé un trozo de papel. «Introduce tus datos en el buzón de registro de la Adoración Perpetua, en la capilla de las Esclavas», leí. No le di importancia. Me lo guardé en el bolsillo y reanudé la marcha. Iba distraído. Era la madrugada de un martes de últimos de agosto o principios de septiembre, esa clase de noches en las que el verano chisporrotea acalorado y se rebela contra el advenimiento del otoño cual vela que parpadea antes de consumirse.

Me detuve a la altura de la tienda Tigre. Metí la mano en el bolsillo y rocé el papel pisoteado con el pulgar. Retrocedí tres pasos y me quedé mirando la capilla de las Esclavas. Había un coche aparcado tras la verja. Dos hallazgos inusuales, el coche y el papel, ambos en aquel lugar. El papel me conminaba, «introduce», a entrar allí. Empujé la verja y obedecí.

Una tenue calidez iluminaba el interior. Avancé por la nave lateral y vi, arrodillada en uno de los primeros bancos, una mujer, a todas luces la dueña del coche. Un Santísimo me observaba desde el altar. Me persigné, y me reprendí al instante. Creía haber dejado atrás aquellos tics. Llegué al buzón al que se refería la nota, el de la Adoración Perpetua. Cogí un bolígrafo que allí había, escribí en el papel «Yo mismo», y lo dejé caer por la ranura.

Di media vuelta. Escruté a la mujer que rezaba a escasos metros. Me inquietaba no saber si había reparado en mí. Me senté en un banco apartado y fingí rezar. La turbación persistía. «¿Quién será?». A simple vista resultaba anodina, un alma a las puertas de la tercera edad. Estaba acostumbrado a encontrar toda clase de estrambóticos personajillos durante mis paseos nocturnos, yo mismo era uno de ellos. Aquella señora no, tan solo era una adoradora nocturna que cumplía su guardia. Únicamente mi incursión la convertía en una presencia extravagante. Quería decirle algo, conversar con ella, interrogarla, pero la timidez y la costumbre de circular en soledad me detenían. Me imaginé aquella noche convertida en una anécdota, cual coitus, interrupta. No lo podía permitir.

Me acerqué a ella. Había abierto la boca, presto a saludar, cuando el Santísimo captó de nuevo mi atención. «¿Y si esta mujer es Dios encarnado?», me susurró. Y me lo creí. Estuve a punto de postrarme frente a ella, pero me contuve y recapacité. «Custodia mentirosa, intentas perturbarme. Solo es una mujer», respondí. «Veamos si tiene algo que decir».

—Disculpe, lamento interrumpirla, pero querría hablar con usted esta noche. ¿Podría decirme qué le trae a rezar a esta iglesia un martes de madrugada? Sé lo que es la Adoración Perpetua, por supuesto. Lo que me interesa no es tanto eso como sus motivos personales para comprometerse a esta tarea. Ignoro por qué se lo pregunto. Hace un momento estaba en la calle y el pórtico del templo me sedujo. Dentro la he encontrado a usted y me he sentido forzado a conocerla. Tome mi pregunta en serio. Creía en Dios. Mi relación con la Iglesia no atraviesa su mejor momento. Por nada en particular. Lo que me ofrece no me interesa. Voy a confesarle una cosa… Me llamo Lucero, ¿usted? Encantado de conocerla. Como decía, desde hace tiempo soy incapaz de soportar una misa hasta el final. Suelo llegar tarde a propósito, y cuando no lo hago, salgo antes de tiempo. Últimamente ni siquiera voy. Sin embargo, en ocasiones, como esta noche, al pasar por delante de una iglesia siento una profunda atracción y entro en ella. Me arrodillo ante el altar y rezo. He llegado a hablar solo. Bueno, solo no, hablo con Él, o lo aparento. No sirve de nada. Vengo en busca de algo, y salgo con las manos vacías. Es frustrante: abandono la eucaristía porque la considero una pérdida de tiempo, y luego, entre usted y yo, la echo de menos. Pero no me permito añorarla. Sí, mi familia es creyente, pero ellos no empatizan conmigo en lo tocante a la fe y la religión. Ay, ¡ojalá lo entendiese como hace usted! No me malinterprete, respeto, incluso envidio, su convicción, su fe; sin embargo, por mucho que repita sus consignas siguen sonándome extrañas. Comprenda que no quiera construir mi conciencia con ladrillos ajenos. ¿Por qué he entrado? No he tenido tiempo de decidir, se lo aseguro. He venido por inercia, movido por la divina providencia, por el primer motor inmóvil, ¡qué sé yo! Tenía la impresión de que esta noche iba a convertirse en una experiencia religiosa. Hasta cierto punto, no me he equivocado. “El Señor es el Camino, la Verdad y la Vida”. ¿Qué significa eso si puede saberse? Dios nos muestra siempre el camino correcto, debemos tener fe en Él. Mas gozamos de infinita libertad, incluso si la usamos en nuestro perjuicio. ¿Y si, a pesar de la llamada de Dios, rehuimos el camino recto? ¿Lo cree posible? ¿Podemos tener un destino que jamás alcanzaremos? Peor aún, ¿qué ocurre si conocemos nuestro camino y no lo tomamos? Solo vivimos una vez; en lugar de libres, Dios debió habernos hecho valientes. Se equivoca, soy tan cobarde como cualquiera. Si un hombre no tiene coraje para tomar las riendas de su vida, ¿de qué le sirve su libertad? El Camino, la Verdad y la Vida. Eterna ilusión. Antes le he mentido al decirle que envidio su fe. La aborrezco. Aborrezco su fe, a Dios, a Cristo, a este lugar y a usted. Los detesto a ustedes, los creyentes, por haberme mostrado un cielo que jamás podré alcanzar y que detesto desear, por haberme amamantado con historias de misericordia y salvaciones y, después, haberme abandonado, pasto del nihilismo y la desesperanza. Perdí mi fe, señora, y, con ella, mi ser. Me he vuelto ruin. Todo lo hago sin motivos y sin perseguir un fin. Vivir sin creer habiendo creído es convertir en infierno lo que fue otrora cielo. Pobre de mí, pues carezco de las artes del Diablo y no puedo fabricar un trono con mi sufrimiento, y como no creo en Dios, no puedo enemistarme con Él. Como ve, estoy desesperado. Ay, ruego me disculpe este arrebato. Por un momento me ha vencido la aflicción. Pongo todo mi empeño en que mi escepticismo no se transforme en rencor al mezclarse con los celos. Aunque con gusto prendería fuego a esta capilla para no sentir la tentación de entrar cada vez que paso frente a ella, y usted haría lo mismo si entendiera que el templo de su Dios es el mundo. ¡Incendie esta capilla! Jesús predicó en el desierto, pueden adorarlo allí. Pero no lo harán, prefieren este crepúsculo de conceptos oscuros y el agradable trampantojo de los ritos y los sueños. Schiller tenía razón. Préndale fuego a su iglesia interior, conviértala en una antorcha verdadera capaz de iluminar a Dios… Hablo sin sentido. ¿No dice nada? Ya es hora de que me vaya. Me alegro de haber conversado con usted, de veras.

Como un Caín que parte hacia Nod, medio furioso, medio culpable, abandoné la capilla. La mujer no se despidió. Supuse que mi vehemencia y las incitaciones a la piromanía la habrían asustado. «Pensará que soy un trastornado», me dije, y no la culpé. Eran ya las cuatro de la mañana, ¿quién sino un loco iba a ponerse a predicar a esa hora ante una desconocida? La idea me causó gran risa. Cinco minutos después llegué a casa. Fui directo a la cama. Intenté leer un poco, pero el sueño me venció. Apagué la luz y dormí plácidamente.

Desperté a eso de las dos de la tarde, como tenía acostumbrado por entonces. La casa olía a humo. Corrí hasta la cocina, pero allí todo estaba en orden. Me encogí de hombros, serví un vaso de leche y bebí. El olor era muy intenso. Inspeccioné todas las habitaciones y los enchufes. Nada en la casa despedía peste alguna. Abrí una ventana y al asomarme descubrí que el humo procedía de la calle. Debía de haberse incendiado algo no muy lejos. Recordé un terrible incendio acaecido el año anterior, en otoño, debido a la sequía. Los fuegos se encontraban a decenas de kilómetros, pero el viento arrastró el humo hacia el oriente. Aquel día en Oviedo no hubo amanecer, y el horizonte guardó luto por los bosques arrasados. Por suerte, en esta ocasión el incendio parecía no haber sido gran cosa, y el sol brillaba tras las heridas abiertas en la capota del cielo ceniciento. Madre llegó a casa mientras me secaba después de la ducha.

—¿Te has enterado del incendio? —me preguntó a través de la puerta del baño—.

—Lo he olido, ¿qué se ha quemado?

—¡Las Esclavas!

—¿¡Las Esclavas!? —exclamé al tiempo que salía del baño a toda prisa, sujetando de mala manera una toalla alrededor de mi cintura—. No es posible, ¿estás segura?

—Las Esclavas, te lo juro. Dicen que alguien le prendió fuego durante la noche. Se ha quemado hasta los cimientos.

—¿Incendiarla? ¿Quién?

—No lo sé, solo he oído que el incendio no ha podido ser accidental. Unas monjas se encontraron con el fuego esta mañana, cuando iban a rezar. Dicen que se han tenido que llevar a varias al hospital, las pobres, no sé si por la impresión o por intoxicación. Es horrible, horrible.

Las palabras que había pronunciado la noche anterior retumbaron con picardía en mis oídos: «Préndale fuego». Le pedí a Madre que encendiera la televisión por si decían algo al respecto. El incendio había sido tan tardío que los periódicos no lo recogían. Volví al baño y, sentado en el retrete, escuché a la presentadora del informativo:

—La capilla de las Esclavas, en el centro de Oviedo, ha ardido esta mañana. Los servicios de extinción no han podido impedir el desplome total del edificio, a pesar de su rápida intervención. Dos monjas se encuentran ahora mismo en la unidad de cuidados intensivos debido a la inhalación de humo. Una tercera, de noventa años, ha fallecido mientras era trasladada al hospital. La causante del incendio, ******, se ha entregado voluntariamente a la Policía Nacional. Se especula que este episodio de piromanía podría ser el resultado de una enajenación mental transitoria, puesto que, al ser detenida, ****** declaró haber actuado bajo el mandato de lo que, en principio, parecía ser un ángel, pero resultó ser un diablo malicioso. Les seguiremos informando sobre esta cuestión durante los próximos minutos. Es el segundo edificio que arde en el centro de Oviedo en los últimos años, y la primera iglesia calcinada en Asturias desde la Guerra…
No daba crédito a lo que oía. ¡Aquella adoradora había quemado la capilla por mi causa! ¡Me había tomado por un ángel visitador! La noticia me tenía anonadado. Yo no pretendía… Esa mujer no comprendió… Una monja inocente… La capilla… ¡Alto! ¿Había yo provocado el incendio acaso? No. Lejos, pues, de mí la culpa. Lejos, pues, de mí el pesar. Me incorporé, aún agitado, y mascullé:

—¡Están locos estos cristianos!


Fotograma: Harry Potter y la piedra filosofal (2001)