Crítica: Malos tiempos en El Royale

Es agradable ver una película normal de vez en cuando. Agradable, pero desconcertante. ¿Qué diantre es una película normal? ¿Qué variables determinan la normalidad o anormalidad de una película o de una obra de arte en general? Musicalmente, ¿es más normal un concierto para órgano de Bach que la Noche transfigurada de Schönberg? Soy un inepto total en ese terreno, pero se puede afirmar sin riesgo de quedar como un patán que la música de Bach resulta más normal para los oídos de un oyente medio que la dodecafonía de Schönberg. Esta es una normalidad intuitiva, que no necesariamente ha de coincidir con la «normalidad» cualitativa de las composiciones. Esta es otra cuestión, ¿tiene la normalidad algo que ver con la genialidad? ¿Es lo genial, por definición, anormal? Lo es, desde luego, en términos estadísticos, es decir, lo genial escasea tanto como abunda lo mediocre. Pero ¿puede lo genial presentarse bajo la apariencia de la más prosaica normalidad? ¿Es, digamos, El apartamento normal a pesar de su genialidad, o su genialidad elimina una posible normalidad conceptual del tablero?

Tranquilo, lector, le estoy tomando el pelo. Si hablo de películas normales es porque aún me dura la resaca de Los crímenes de Grindelwald. Además, la penúltima película que vi en el cine, First man, tampoco fue para tirar cohetes. No considero a estas dos películas normales: la una, por ser un proyecto bastardo de la nostalgia y la segunda parte de una pentalogía fantástica —sí, quedan tres—; la otra, por ser un biopic aburridísimo de una, a juzgar por la cinta, aburridísima persona —Neil Armstrong—.

Comparada con estas dos, Malos tiempos en El Royale (Goddard, 2018) no podría ser más normal de lo que es, y su normalidad no podría ser mejor noticia. ¿Por qué? Porque puedes sentarte en la butaca del cine sin grandes expectativas, porque mientras la ves no eres constantemente bombardeado por guiños y caricias dirigidos a tu yo infantil o a tu memoria, porque el director puede permitirse no tomarse demasiado en serio a  sí mismo… Pero me estoy yendo por las ramas del odio.

Malos tiempos en El Royale cuenta la historia de varios desconocidos que pasan una noche en El Royale, lujoso motel de carretera suspendido sobre la frontera entre California y Arizona, otrora refugio de políticos en campaña, estrellas de Hollywood y demás personalidades más o menos rutilantes. Actualmente, el hotel está semiabandonado: cuenta con un único empleado que ejerce de botones, limpiador y recepcionista, y la mayor parte de las instalaciones están cerradas a la clientela. Huelga decir que ninguno de los huéspedes se aloja en El Royale por causalidad. Lo que sigue es un relato coral, muy bien hilado, por cierto, en el que a cada trama se le concede más o menos la misma atención. El inicio, quizás excesivamente retórico, da paso a un thriller sorprendentemente original, ameno e inquietante.

El Royale

El peso dramático recae, principalmente, en los personajes de Cynthia Erivo —que no recuerdo haber visto en ninguna otra película— y de Jeff Bridges. La historia de Erivo tal vez sea la más interesante por la sutileza con que es narrada, si bien sus momentos musicales se extienden demasiado. Bridges está soberbio, a ratos verdaderamente conmovedor, y, a pesar de su edad, conserva una potencia física y un atractivo que se apodera de la pantalla sin la menor afectación. La química entre ambos personajes sostiene al resto del elenco en sus momentos de flaqueza. Juntos constituyen lo mejor de la película. Dakota Johnson, por el contrario, es su talón de Aquiles, ya que no acaba de quedar claro si interpreta a una tipa dura, una especie de Beatrix Kiddo hippie, o a una ingenua damisela que intenta escapar de las consecuencias de un momentáneo arrebato corajudo.

En conclusión, Malos tiempos en El Royale es el filme indicado para una tarde-noche de cine sin pretensiones; el tipo de película tras cuyo visionado puedes irte a dormir plácidamente, salir de juerga hasta altas horas de la madrugada, discutir con tu novio o pasar la noche en vela diseccionando las ventajas que reporta el estadio estético de la vida en comparación con el ético o el religioso. Una buena historia que sería tan erróneo menospreciar como ridículo endiosar; como una novela de Hemingway, vamos.


Fotogramas: Malos tiempos en El Royale (2018)