El pacto

Vi salir una sombra que despedía olor a azufre a su paso, en ese preciso instante estaba soñando cuando de repente me desperté. En la cama, empapado de un gélido sudor que helaba los espacios que separaban mis dedos de los pies, noté como el aire entraba bruscamente por la ventana, la cual había cerrado la noche pasada. Sin hacer el mínimo movimiento y sin producir ningún tipo de ruido comencé a forzar mi mente intentando recordar el sueño de aquella misma noche. Tan solo era capaz de recordar aquel olor infernal, parecía que mis propias fosas nasales habían sido impregnadas en ceniza y debido a aquello no podría volver a distinguir completamente otro olor sin su ya característico y acostumbrado polvoroso hedor. Maldije mi suerte mientras intentaba rememorar aquello que había precedido a la sombría figura que, momentos antes de despertar, había visto pasar con una risa burlona fijando sus rojizos ojos en mi rostro. Eran rojos como el fuego, ardían como el olor que dejaba a su paso. Fui recordando. Había llegado a una mansión de estilo victoriano, o por lo menos esa impresión tenía yo ya que mis nociones en arquitectura eran nulas, el cielo estaba negro y la luz de la luna no era tan intensa como suele serlo en las noches de mi ciudad natal. Ante mí, una puerta de un tamaño colosal me impedía el paso, parecía preceder la entrada de la boca del lobo, aunque en un sueño no pienses más allá de tus actos. A mi altura una cabeza de macho cabrío adornaba la aldaba de la puerta. Lo recuerdo. Golpeé la puerta tres veces esperando respuesta, pero tan solo la brisa nocturna me respondió con un ligero silbido. Volví a picar otras tres veces y ante mi inesperada paciencia la puerta se abrió.

Detrás de aquella puerta, un enorme salón repleto de figuras y cabezas de distintos animales colgaban sobre las paredes y cortaba mi paso una larga y estrecha mesa de madera y cristal. En ella, dos platos con cubiertos y sus respectivos vasos estaban colocados en cada esquina de la mesa. En la mesa abundaban fuentes con toda clase de alimentos, desde estofados humeantes cuyo olor me transportaba a los felices años de mi infancia, hasta bandejas desbordadas de numerosas piezas de frutas exóticas. Sin dudarlo me senté y comencé a devorar aquel banquete sin pudor alguno. Comí una carne cuyo origen desconocía pero cuyo sabor era similar al del pollo, la cual acompañaba una guarnición exquisita. Bebí varios vasos de un vino bastante peculiar que, al igual que la carne, desconocía, todo aquello impulsado por un espantoso aumento de mi apetito que me había invadido al entrar en aquella casa. Cuando acabé de engullir aquel manjar que inesperadamente y sin explicación de ningún tipo había aparecido ante mí, el maullido de un gato sonó desde el fondo de la mesa. No sabía que hacía allí, es lógico que al ser un sueño no recordase cómo había llegado a aquella casa y sin ningún temor hubiese devorado aquel magnífico menú digno de cualquier maravilloso restaurante de mi pequeña ciudad.

Me levanté de la silla sin antes abrir el paquete de tabaco americano que sorprendentemente encontré en el bolsillo de mi chaqueta. Me encendí un cigarro y me aproximé a investigar aquel misterioso maullido de cuyo gato tan solo veía unos ojos tan rojos como el vino que había degustado en aquella bacanal imprevista en la que me había visto inmerso. Mientras me acercaba al fondo de la sala el felino de ojos rojos se alejaba de mí, y cuando ya apenas tenía escapatoria, a menos que rompiera la vidriera de colores que recubría el salón, el gato salió corriendo hacía una puerta de madera que se ocultaba en la esquina da la sala. Fue en el preciso instante que toqué el picaporte de la puerta cuando esta se abrió, y un anciano vestido con una larga y arrugada túnica negra me sonrió y me dijo:

—Veo que ha disfrutado usted de la cena, señor. ¿Qué tal estaba el vino?

Sin poder pronunciar apenas una respuesta coherente que encajase en aquel contexto tan poco corriente, fruncí el ceño y le pregunté:

—¿Quién eres?

El anciano se rio y me explicó:

—Ha sido usted quien ha picado en mi casa, ha comido en mi mesa y ha bebido todo aquello que ha querido. Sabe perfectamente quien soy y si está aquí es porque usted me ha llamado.

Incrédulo de mí, recordé en aquel sueño mis pensamientos de la noche anterior. Ansiaba el triunfo y la fama, y con ella las riquezas que supondrían. Llevaba años trabajando duramente sin obtener una recompensa justa por todo aquello, y dentro de mi ser había jurado venderle mi alma al diablo por conseguir todo lo que anhelaba. Un pensamiento estúpido y cobarde que formulé en mi cabeza sin llegar a pensar que acarrearía consecuencia alguna. Mas es cierto que juré aquello repetidamente momentos antes de quedarme dormido.

El miedo enfermizo que sentía llego a congelarme los dedos de los pies, de tal manera que me era imposible dar un paso. Ante aquel espectáculo el viejo continúo riendo y dijo:

—Está bien joven, le tomo la palabra y de esta manera usted y yo tendremos un trato hecho, ¿le parece bien?

El mismo miedo me cosió los labios y me ató las piernas, sin poder realizar ningún movimiento me vi nuevamente tumbado en mi cama y saliendo de aquella habitación, que de nuevo era la mía, vi salir una sombra de ojos rojos que reía dejando su hedor a azufre.

Era cierto, yo anhelaba los triunfos que mi pluma no era capaz de alcanzar, o que de alguna manera todavía no había alcanzado, e incluso anteponía mis sueños a mis creencias arraigadas en el catolicismo, no contemplaba la idea de un ser divino o malvado que respondiera e hiciese realidad mis plegarias. Pero aún así había jurado vender mi alma a aquel ángel caído a cambio de que cumpliese aquello que yo le pedía. No me habría imaginado que pudiese ser cierto, hasta que me vi en aquella casa, en frente de aquel anciano que no apartaba su mirada de mí, ni cambiaba su expresión burlona en ningún momento.

De pronto, creyendo yo que estaba despierto, volví a abrir los ojos y me vi tumbado plácidamente en mi cama. Todo aquello había sido un sueño; la mansión con estética victoriana, la lujosa cena, el anciano y su gato… Incluso el despertar con el cuerpo helado sin poder moverme y el espantoso olor a ceniza, había sido todo producto de mi imaginación.

Me levanté agradecido de que todo aquello tan solo hubiese ocurrido en mi cabeza, y como cada mañana preparé mi café y seguí manos a la obra con los cuentos que llevaba intentando sacar a la luz durante varias semanas. Estaba inspirado, las palabras brotaban una tras otra como si por arte de magia encajasen como las piezas de un macabro puzle. En pocas semanas, tras varios retoques en la trama, así como en su estilo y la evolución que tomarían sus personajes dentro de la obra, envíe la primera copia a mi editor, el cual al cabo de unos días me respondió con palabras de extremada gratitud y satisfacción sabiendo que aquello que le había entregado sería sin ninguna duda un éxito. Y así fue, millones de ventas en aquella colección de cuentos que reunía todos aquellos trabajos que había editado tras aquella mañana que me había despertado tan artísticamente lúcido.

Con los éxitos vinieron la fama y la riqueza de la mano, durante un tiempo me olvidé de mi trabajo y tan solo contemplé y disfruté desde la gloriosa cúspide del afortunado todo lo que había creído crear. Las versiones cinematográficas de mis obras me habían deparado mucho capital, más del que pudiese gastar en dos vidas. Sin embargo, algo se había evaporado en aquella nueva vida, la pasión artística y la idea del ars gratia artis se habían esfumado como todas aquellas personas a las cuales mi egoísmo había expulsado de mi vida. No fui capaz de escribir una sola palabra durante mucho tiempo, las ideas se habían borrado de mi cabeza por completo. Fue así como, alejado de la vida cultural y sumergido en los tóxicos mundos de los vicios, me vi arrastrado en el corto período de tiempo de dos años hacía la condición más penosa que cualquier ser humano pudiese alcanzar.

El triunfo había sido mi perdición. ¿Cómo un hombre desdichado ignora su felicidad en la desdicha? Ahora todo era humo y caos. ¿Cómo el peso del triunfo había desestructurado aquello que debería haber sido alzado hacía la grandeza? La respuesta a mis preguntas fue un olor que me resultó familiar.

Así fue como una noche en mi lujosa habitación adornada con cuadros de Goya y Boulanger y alfombras de pieles de los depredadores mas letales que existían, el ventanal situado a escasos metros de mi cama se abrió de golpe, como si una ráfaga de aire hubiese reventado el cierre del mismo, y en el borde de aquella ventana un gato negro maullaba con mueca burlesca. Nada más verlo, los huesos se me helaron y la brisa que entraba por la ventana susurraba una lengua que desconocía. Sin darme tiempo a reaccionar aquel gato negro como el carbón que se burlaba de mí apoyado en la ventana, saltó hacía dentro de la habitación y en un segundo salto clavó sus largas garras en mi cuello. Mientras la sangre brotaba a borbotones e inundaba las sabanas de lino tiñéndolas de aquel rojo enfermizo, ya pálido por la ausencia de la misma en el cuerpo, el felino maullaba a mi oído:

—No olvide su pacto, señor…


Cuadro: San Agustín y el Diablo (1471-1475), por Michael Pacher