À familiarité

Embrutecedme. Anuladme.
Vosotros, que me habéis querido bien,
vosotros, que compartís entera y limpia
mi alegría, embrutecedme.
Hacedme descender todavía más,
lejos de lo familiar, falsamente elogiado,
lejos de los objetos que envejecen conmigo,
lejos de las imágenes que junto a mí se borran,
lejos de los lugares que se han dado muerte
en la memoria, lejos de la respiración
que me separa y parte, embrutecedme
y que no quede
rostro probable, y que amanezca al fin
una máscara perpetua
sobre la piel envilecida.

Acariciar palabras no significa paz.
Ninguna palabra alberga paz.
Palabras no convocan paz, la dejan sola
–igual que yo cuando la quise,
luz primera, cómo fue posible–,
palabras abandonan la vida toda
allí donde se piensan, una a una,
donde la libertad inventa el aire
no teniendo ya quien lo respire,
porque día y lenguaje son fugaces,
porque se desmoronan, piedra a piedra,
rastro a rastro, ante el afán ingenuo
de cualquier duración.

Embrutecedme. Aún me queréis bien.
Nadie puede negar que sea vuestra mi alegría.
Después pondré vacío en lo que pude
conocer, y suerte en cuanto no conozco,
aquí, deseo y esperanza, equivocándome.


Fotograma: El infierno del odio (1963)