Diario IV: Bienaventuranzas, un centauro y siete katanas

Un diario es el mensaje que un necio dirige al futuro con la esperanza de reírse entonces de cuanto hoy le hace llorar y de no llorar al leer cuanto hoy le hace reír. Dichoso el diario lleno de páginas en blanco que no echa de menos la tinta. Dichoso aquel que no escribe la vida que no está viviendo, y dichoso aquel que no quiere vivir una vida que valga la pena escribir. Dichoso aquel que lee sus diarios y asiente. Dichoso aquel que no miente al hablar de su alma.

Dichoso el rebelde, no el revolucionario. Dichoso el que ni cuenta ni pregunta. Dichoso el que ofrece silencio, pero no lo exige a los demás.

En el sexo, como en los velatorios, el ausente siempre es el centro de atención.

Dichoso Sören, que encontró en el fingimiento y la invención, en la noche de los antifaces, una verdad más transparente que la deslumbrante trola de los días. Un preso decía: «Dadle a un hombre una máscara y os dirá la verdad», y qué razón tenía. Pero ya no quedan hombres, porque nunca los hubo.

«Made in America» es el título del último episodio de Los Soprano, que hace ya tantos años vi. «Soy nada más y nada menos que lo que he sido siempre: un americano», decía el Kane de Welles a los pocos minutos de comenzar su gran debut; eso o algo parecido. Vaya, acabo de comprobarlo, dice algo más tonto: «I’m an American. Always been an American». Curiosa elección de palabras para definir a un personaje. Una nacionalidad, suficiente. Ahí termina la psicología del personaje y, sospecho, las ideas de su creador. Un americano… desde luego, más apropiado que «un estadounidense»: detona la vacua voracidad de quien intenta convertir la superficialidad en trascendencia y la mecánica en filosofia. Lo confieso, Charles Foster Kane me interesa tanto como su pasaporte.

Welles en Navidad. Kurosawa en adviento. Estos párrafos no son una burla, son un entretenimiento que rellena la página además de mi tiempo.

Inicio un debate mental para quienes hayan visto Los siete samuráis Centauros del desierto. Voy a hablar directamente de sus respectivos finales, así que si alguien no las ha visto y no quiere empezarlas por la última página, le recomiendo que siga en Argo, pero que cambie de artículo —si es que esto puede llamarse artículo—. Al tema.

Encuentro los finales de estas dos películas prácticamente idénticos en cuanto a mensaje. Ethan, todo un ronin solitario cuya mayor derrota es no tener una casa a la que volver victorioso, se queda a las puertas de la celebración, de la felicidad de quienes aún tienen algo por lo que alegrarse. Ethan no puede festejar junto al resto porque ese sol que, confundido, brilla sobre un desierto de Utah pensando que ilumina Texas ha secado su corazón. No tiene sed de alegría ni de gloria, ni disfruta del triunfo más de lo que habría lamentado la derrota. Vive porque no muere —no hay lugar para la mística en América; en la de verdad, no en la de Welles—. «El que persigue», llama Cicatriz, el villano indio con menos cara de indio de la historia del cine, al tío Ethan. «El que persigue»; no un americano, un hombre. Cuánto tiene que ver el estoicismo —más ausente que pesimista— de John Wayne con el tranquilo desencanto con el que Takashi Shimura reconoce ser, como todos los de su clase, un perdedor, un espadachín vagabundo —un pistolero— con la muerte por oficio, un miserable que tiene más en común con los bandidos que asesina que con los campesinos a los que intenta salvar. Viven porque no mueren. Pronto será «mueren porque ya no viven», y no habrá mayor diferencia.

ethan
Cuantísimo abusamos de este fotograma.

Juraría —no voy a consultar los datos para no jugar con ventaja y mantener la ficción del coloquio telepático en diferido contigo, lector— que Los siete samuráis es un par de años anterior a Centauros del desierto. Y aquí la cuestión: ¿se inspiraría John Ford de alguna manera en el épico final de Kurosawa, o toda coincidencia bebe del arquetipo del héroe trágico que vence en la derrota y pierde en la victoria —amigo Lucifer, siempre vas conmigo—? Eso es todo.


Fotogramas: Los siete samuráis (1954) / Centauros del desierto (1956)