La asquerosa futilidad de la civilización

En un inhóspito villorrio abandonado, perdido en un rincón de la llanura castellana, un joven madrileño se esconde de la autoridad y de los otros. Huido tras un desafortunado encontronazo con un antidisturbios y con un pariente lejano como único vínculo con el género humano, el chaval aprende a sobrevivir a base de las vituallas que una naturaleza en proceso de deshumanización le va proporcionando y de los rescoldos de un mundo rural engullido tiempo ha por la ciudad y la tecnologización de las masas.

Tal es el planteamiento de una de las sensaciones literarias de la temporada: Los asquerosos, novela de Santiago Lorenzo editada por Blackie Books, cuya misma contraportada cataloga como una «redefinición del concepto “austeridad”». No lo hace de forma peregrina: la moraleja de la historia es que el protagonista se siente más satisfecho o es más feliz en un pueblo abandonado y dejado de la mano del dios de la biomecánica que en un piso patera de Madrid. Lorenzo plantea la típica lección del menos es más, de las necesidades creadas y de la autoesclavización que la sociedad contemporánea exige a sus miembros.

Esta cuestión, que a primera vista puede resultar manida, facilona o sonar a utopismo posmoderno, toma un giro novedoso en Los asquerosos. No se vende en la novela una vuelta a la Arcadia con tintes idealistas o metafísicos, tampoco un abandono de la mundanidad como paso previo a un salto alucinógeno del espíritu hacia ninguna parte; sino una especie de retorno a la infancia embadurnado de misantropía. Honra a Lorenzo no atribuir al protagonista pensamientos ni intenciones elevadas, ni poner en su boca epifanías, ni convertirlo en un predicador del tercer milenio. Le honra, pero hacia la mitad del libro le pierde, pues salta a la vista que su novela no tiene nada más que contar. El viaje psicológico no existe y el físico dura lo que tarda el protagonista en cambiar su habitáculo de la calle Montera por una casa abandonada en el ficticio pueblo de Zarzahurriel.

Al brillante y ágil comienzo del libro —contado a través de una narración indirecta amena y lúcida, lo mejor del libro— le sigue un interludio de prosa barroca y pasajes oscuros en los que los neologismos molestan menos que el empleo atípico de palabras tan inusuales como poco elocuentes. Todo ello para engarzar de matices y significado una soledad que no tiene nada de solemne y para aliñar las decisiones de un personaje en absoluto interesante. Esto último es el mayor problema en el punto que nos ocupa: el interés de la novela es la situación que plantea, no el personaje a través del cual tal situación se manifiesta. El intento de multiplicar las aristas del plano trasunto castellano de Robinson Crusoe en el que se centra la acción acaba evidenciando y subrayando su falta de inteligencia, inteligencia que, en principio, nadie echaba en falta —por mucho que Maestro sostenga que la inteligencia de una novela se mide por la inteligencia de sus personajes—, pero que clama al cielo tras incontables ristras de palabrería rimbombante.

Después de un extensísimo elogio de la soledad y la gratificante intemperie en que Manuel —el prota— vive, la novela deviene en el descuartizamiento verbal de la fauna urbanita y borreguil, es decir, de aquellos cuya vida orbita en torno a la satisfacción de las falsas necesidades de las que Manuel se ha librado al refugiarse en el campo. La crítica que se hace de los comensales de First Dates —la analogía es mía, no penséis que en el libro se habla de First Dates, por favor—, sin embargo, es tan cruenta, su retrato tan maniqueo, estereotipado y esperpéntico y la inquina del narrador tan desaforada que el episodio no pasa de ser una caricaturización de los padres modernillos de tres al cuarto cuya mayor preocupación es compaginar la expansión de sus hijos con la ingesta de gin tonics, la adquisición de smartwatchs y la ponderación de su utilidad.

La ausencia de pretensiones, que inicialmente es la mayor virtud de Los asquerosos, acaba convirtiéndose en su mayor defecto y denotando ausencia de ideas, orfandad que el enrevesamiento lingüístico no consigue ocultar una vez superado el ecuador de la novela. No hay introspección en el protagonista, no hay descubrimiento, no hay evolución de ningún tipo. La «austeridad» que supuestamente redefine el relato tiene más en común con la improductividad que con una forma de vida alternativa. La liberación del protagonista no es más que una claudicación ante la apetencia. Tal vez sea esta una “esclavitud” más llevadera o espontánea que la —decíamos— impuesta por la sociedad contemporánea, pero no por ello pasa de ser una libertad de corral. El drama de la esclavitud deja de ser tal en el momento en que la libertad obtenida no incorpora ninguna mejoría en la situación del individuo liberado; o hablando en plata: que llore por el tiempo perdido quien pudo hacer algo con él.

Sin perjuicio de todo lo dicho, Los asquerosos es una lectura amena, escrita por una mano aguda y firme, divertida y a ratos absorbente, que bien puede distraer el fin de semana a una cabeza cuitada y que yo desde aquí recomiendo a todo el que no ande en busca de revelaciones.


Imagen extraída de @BlackieBooks