Crítica: Tiempo después

Poco se puede y se va a decir aquí de Tiempo después (Cuerda, 2018). La poltrona argumental presuntamente surrealista sobre la que languidecen los noventa y cinco minutos de metraje —que en mala hora decidí pagar por ver— apenas sazona o aligera el pueril y maniqueo retrato alegórico que la última película de Cuerda intenta dibujar con brocha gorda. Lo sé, menuda frase pomposa de cinco líneas acabo de sembrar; así las cosas, juro que su lectura es más digerible que cualquier fragmento del guión embellecido a golpe de arabesco pseudoilustrado que firma el autor de Amanece que no es poco (1989) y cuyas más bellas líneas son meras citas de poemas conocidos por cualquier espectador alfabetizado.

La película me produjo primero aburrimiento, luego espanto y en todo momento vergüenza ajena. Las convicciones ideológicas del director y su desencanto con el estado actual de la política y el rumbo que lleva la sociedad se manifiestan hasta tal punto en este aborto de astracanada que uno no puede evitar sentir bochorno y conmiseración. No es solo que la película fracase con estrépito como metáfora ridiculizadora de una época sin principios; ni siquiera funciona como comedia. Las únicas carcajadas que sus ubicuos y desfasados chistes levantaron en la sala fueron a cuenta de un par de gags dignos de los peores años de Cruz y Raya. Incluso un especial de Nochevieja de José Mota habría cosechado más risas en una morgue.

Todo sale mal en la obra de un director que no se reconoce ni en el país en el que vive, ni en la izquierda actual, ni en su propio arte, que, al contrario que los antisistemas de su historia, no parece encaminado a ningún rearme, ni ideológico ni humorístico.


Fotograma: Tiempo después (2018)