¿Ser popular es ser mediocre?

Dice Oscar —dice, y no decía, pues mientras importe lo que uno diga uno no muere— que para ser popular hay que ser mediocre. Arguye Wilde, justo antes de decir lo dicho, que cada acierto nos crea un enemigo. Acierto nuestro se entiende. Pero ¿por qué acierto? Oscar amarra corto el verbo en esta chanza. ¿Acaso los errores no crean enemigos? ¿Acaso no yerran los seres elevados? ¡Diantre! ¿Acaso no era popular el mismo Oscar, manque su genialidad? ¿Acaso no tenía enemigos? ¿Acaso no fue a dar su mayor error —Bosie, aka Queensberry hijo— en su mayor enemistad —Queensberry padre—?

Toca responder con cinco síes a esos otros tantos acasos. Propongo, pues, reformar la cita y dejarla así: «Cada impresión nos crea un enemigo». Impresión causada por uno se entiende. Y es que acertar es complicado, pero más complicado es el paso previo al acierto, esto es, hacer algo. Algo, cualquier cosa, siempre que haya sido pensada de esta o aquella manera. Hacer es lo complejo; acertar, las más de las veces, depende más del arbitrio de un dios caprichoso que del empeño que uno ponga en su pensar. ¡Para qué pensar, mon dieu! Si, además, pensar bien requiere un mundo en términos de esfuerzo y pensar con coherencia, otro mundo creado ad hoc para sostener aquel vano pensar. Con lo que se ha pensado ya podemos tirar en adelante, evitando así, en un dos por uno, el repetir pensares idiotas. Y aunque fueran útiles, porque, total, pensar dos veces lo mismo, aunque sea bien, es tontería. La matemática básica apoya el razonamiento, ¿o no es más por menos, inequívocamente, menos? Así estamos: siempre pensando lo mismo, sea más o menos, pa na.

Pero uno se empeña en pensar, aunque sea pa na, aunque no sepa na. Piensa uno a veces por vergüenza ajena, para poder sentirla se entiende. «Ahí va uno», se dice, «que no piensa más que en domingo si llueve», saboreando ese desprecio altanero que gusta quien piensa aun cuando el sol luce. Otras veces se piensa, con honra aunque sin orgullo, por vergüenza llana y prudente, antes de ponerse uno a hablar. Quien ha de escuchar, sin embargo, casi nunca lo agradece. Quien piensa, por otra parte, casi nunca lo parece.

Por ello es que han dado algunos, cansados de pensar o intentarlo, en fingir pensamientos ajenos, saltándose así los desplantes, que por no ser al fruto no duelen, y la cana, que en otro no brota. Se quedan con lo mejor, que por escaso más brilla, y que es el aplauso leído. A veces un dedo pa arriba, a veces un corazoncito, a veces un guiño chiquito. ¡Qué cosas ocurren! A veces, se piensan más los aplausos que aquello que se cree aplaudir. También es verdad que, a menudo, ni piensa el que aplaude ni piensa lo escrito.

Volvemos así al punto en que dejamos a mi aliado Oscar acompañados por estos pensadores ficticios. «Cada impresión nos crea un enemigo», decía citándome a mí. «Para ser popular hay que ser mediocre», decía citándole a él. Curiosamente, no hay pensante mediocre, de esos que decía allá arriba, de esos que roban pensares, que no sea adicto a causar impresiones. ¡Paradoja, paradoja! Un mediocre causando impresiones llega pronto a la popularidad, como menos por menos es más. No hay como fingir entenderes, sensibilidades y voluptuosidad. Así, con ideas prestadas, aficiones calcadas de listas, criterios de calculatriz, libros que no se han leído, películas que no se verán y pluma de pato de goma, llega cualquiera a erigirse en caudillo de mundanidad, muy mediocre, pero más popular. Con su aplauso, quienes no piensan nada legitiman su nulo pensar.


Fotograma: La gran belleza (2013)