Green Book era lo fácil

Cold War es, sin duda, mi película del año. Lo he dejado claro en pasadas notas, pero debo reafirmarlo. Los muchos méritos de la Roma de Cuarón, en la que estimo sobre todo la extraña veracidad desenfocada y cristalina de sus personajes, no conmovió en modo alguno esa impresión. Tampoco, ni que decir tiene, lo hicieron las otras nominadas a Mejor película en la última edición de los Oscar, todavía humeante cual turba recién consumida. No lo ha hecho, por descontado, Green Book, película amena, a ratos entrañable e hilarante, pero que por su ñoñería y giros ripiosos no puede ser tomada en serio.

¿Por qué ha ganado Green Book? ¿Una concesión al frente racial de la lucha por la corrección política? Bah. Las escenas de Green Book que aluden al racismo podría haberlas escrito un adolescente oriundo de un pueblo jamás hollado por un negro. Además, ¿no fue Moonlight en su momento la concesión racial de una Academia a la que una rabieta de Spike Lee había dejado en supuesta evidencia? Moonlight, ese híbrido de filme independiente y docudrama que tanto me cuesta recordar. ¿Qué demente, qué hereje se atrevería hoy a decir que La La Land no era el justo vencedor aquel año?

Lo mismo ocurrirá con el Oscar a lo facilón concedido a Green Book, y esto lo escribe un espectador que salió del cine complacido y sonriente tras ver a Vigo Mortensen metamorfoseado en una concreción soez y macarroni del arquetipo paterno de las pretéritas series de Disney Channel. No fue injusta su nominación, a pesar de todo; no me atrevo a decir lo mismo acerca de la elegante escultura greco-africana que se llevó el galardón al mejor secundario, ese gran actor con un arquitrabe por nombre y Ali por apellido.

Me quedo con los polacos, lo digo por última vez; si bien reconozco que, sesudamente, Roma tal vez sea mejor. Filmaffinity, Osa menor de mi zodiaco cinéfilo internáutico, no obstante, me da la razón, y ahí queda eso. Esos polacos, ese pianista con un retrato de Dmitri Shostakóvich avizorado en su taller, esa cantante de genio incandescente… Ellos se llevan mi premio. Roma me agrada, me acaricia la mirada como la brisa aflamencada de la orilla en Cádiz mientras leo, pero como ella también desaparece consumida en vano viento o se apelmaza monótonamente en mis pestañas, convertida en materia de omisión. Ambas grandes películas, ambas en blanco y negro, curiosamente. Y, ay, Roma es todo corazón, pero yo tengo un nudo negro de profunda y seductora oscuridad entre las vértebras y el pecho, y en ellas no hay lugar para esa humanidad —los que la han visto la conocen— que destila como nadie la criada mexicana que sufre, salva y cautiva a los infantes como si fuera la Virgen sirvienta y tlaxcalteca de Guadalupe. En el pozo negro de mi pecho, cavado por lecturas endiabladas y otros estigmas infantiles, solo hay hueco para las historias escritas con desgarros de mil uñas, para los hombres y mujeres egoístas, para la cruz de los demás, que ya es la mía.


Fotograma: Green Book (2019)