Miles in bello

Se dice que una de las campañas de Marketing más exitosas de la Historia fue la Contrarreforma: frente a la iconoclastia y austeridad artística protestante, Roma opuso como estrategia de diferenciación un peculiar estilo que daría lugar al Barroco.

Jesucristo, otrora Pantocrátor del ábside, aparecía ahora en los lienzos de Caravaggio mostrando su faceta más -trinitariamente- humana, con el fin de revelar al público cada uno de los padecimientos del Hijo. La solemne serenidad del pasado dejaba paso así al dramatismo más conmovedor. La idea de fondo era sencilla: la fuerza de una imagen puede vencer hasta al más pulido argumento teológico.

En el mismo sentido, no puedo negar que el interés que he tenido por las civilizaciones antiguas nunca nació como una genuina pasión por el conocimiento, sino como una morbosa reacción a las truculentas ilustraciones de Peter Connolly en la rancia (en el buen sentido de la palabra, aunque me niego a creer que pueda tener uno malo) colección “Ejércitos de la Historia”.

Connolly, historiador amén de dibujante, se valía de sus creaciones para explicar al lector el equipamiento y las tácticas de hoplitas o legionarios, entre muchos otros. En consecuencia, muchas de sus ilustraciones representaban guerreros en poses estáticas, con objeto de mostrar los intríngulis de armaduras y armamentos. No obstante, con relativa frecuencia, aparecían en el libro representaciones de batallas a doble página, con un nivel de crudeza totalmente inusitado.

En Alesia, entre una tempestad de acero, las legiones de César soportan la enésima embestida gala, deseosa de levantar el asedio de sobre la ciudad. Un legionario lucha por extraer una astillada lanza enemiga de su costado. El jinete celta que lo ha malherido es rodeado y está a punto de ser atravesado por un vengativo pilum. Un escudo impacta contra una mandíbula. El ambiente está cargado por el ferroso hedor de la sangre. La visceralidad en la imagen, sin embargo, resulta más atrayente que repulsiva, al igual que lo era en las muertes en combate de los héroes homéricos.

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Imagen de portada del libro Las legiones romanas de Peter Connolly (editado por Espasa Calpe).

Las legiones luchan por abrirse camino entre la muralla de picas macedónica en Pidna. Las columnas de Aníbal se ven emboscadas por galos en su paso por los Alpes. Los samnitas observan a los humillados romanos pasar bajo el yugo. Los últimos de Leónidas son acosados por las flechas aqueménidas. Un centurión apuñala con su gladio a un semidesnudo guerrero dacio. Las quillas persas ceden ante el impacto de los espolones de Temístocles en Salamina. Este es el mundo de Connolly.

En los últimos años, sensaciones próximas me ha proporcionado Augusto Ferrer Dalmau, aportando un realismo anatómico incuestionable allá donde quedaban patentes las limitaciones de Connolly. Aunque ambos comparten un rigor por los histórico, el pintor español (bien estimado entre los seguidores del Capitán Alatriste) se centra, por contra, en los conflictos en los que han participado los ejércitos españoles desde los tiempos de los Habsburgo, pasando por las guerras carlistas y la última guerra civil. Y lo hace con una maestría comparable a los mejores pintores eslavos, como Vasili Nesterenko.

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Rocroi, el último tercio por Augusto Ferrer Dalmau

Sus representaciones, por tanto, abarcan tiempos modernos en los que el hierro pierde su hegemonía en favor de la pólvora, por lo que se va conformando, con el paso de los siglos, una guerra más impersonal, en la que desaparece de los rostros de los soldados el rictus propio del que ha de blandir un filo. Quizás sea la nostalgia, que nubla mi juicio, pero debo decir que en Ferrer Dalmau echo en falta ese espíritu indomeñable que si apreciaba en el combate cuerpo a cuerpo de Connolly.

Abandonando del todo el historicismo que caracterizaban a los dos anteriores autores, está la obra de Jakub Rozalski, que he descubierto no hace mucho. Este polaco, ha llegado a crear su propio universo de ficción -una suerte de Europa de entreguerras steampunk- que, según leo en internet, cuenta ya con un juego de mesa licenciado y un videojuego.

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El mundo creativo de Rozalski unifica lo mitológico, lo desconocido, la cultura pop y lo absurdo, de tal manera que en sus obras podemos encontrar a caballeros teutónicos haciendo frente a gigantes de hielo, colosos mecanizados marchando por llanuras hacia al frente ante la indiferencia del campesinado, o incluso a gnomos de jardín batiéndose contra enormes lobos. El foco ya no está en el pormenor o en lo didáctico, como era el caso de los previos artistas, sino en la creación de atmósferas, ora épicas, ora ominosas. Pocas veces se he visto a pintores representar a los húsares alados de la Polonia del siglo XVII desfilando junto con carros de combate bípedos que bien recuerdan al Metal Gear de la primera PlayStation, la verdad.

Es de esperar que no pocas voces desaprueben el trabajo de estos autores al considerar que no hay nada en lo bélico que pueda suscitar el arte. Al respecto, dice Alessandro Baricco que “enseñar que la guerra es un infierno y nada más es una mentira nociva. Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello. Desde siempre los hombres se lanzan a ella como falenas atraídas por la luz mortal del fuego. No hay miedo u horror que hayan conseguido mantenerlos alejados de las llamas: porque en ellas siempre han encontrado la única redención posible ante la penumbra de la vida […] Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz.”

No podemos olvidar, por otra parte, que la tranquilidad moderna de nuestro hogar es sólo una pequeña nota al pie en un libro plagado de guerras, saqueos y masacres. La paz que disfrutamos es una excepción irreal, acaso un paréntesis, pero nunca el fin de la Historia. Connolly, Ferrer Dalmau nos recuerdan de dónde venimos. Rozalski, quizás, dónde podemos acabar.

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