Mi refugio: la memoria

He intentado representar la pérdida de muchas maneras distintas desde que adopté una voz afectada por la existencia de un ser como recuerdo y ya nunca más como realidad. El sentimiento de la pérdida es como un desagradable ánimo de estrechar un abrazo que se queda en intento y permanece en bucle a través del tiempo, dándote cuenta poco después de que no hay destinatario. Diría que se establece un reducto dentro de tus esquemas (aquellos que inocentemente habías creado sin previsión de cambio) que se transforma de repente en eterno. Una eternidad pesimista, oscura, llena de preguntas que ya das por respondidas. Esa parte, entendida como elemento dentro de un conjunto previamente planificado, se convierte en dolor por la posibilidad fallida de haber seguido viva, de no haberse esfumado. Es como si un capítulo de vida, aún pendiente, fuera arrebatado sin explicación.

¿Será este un ejercicio contra la tristeza?

Desde que te fuiste, todas mis preocupaciones se acentúan cuando pienso que ya nada importa tanto. Lo único imprescindible —deseable— no tiene solución y aprender a vivir de esta manera es el consuelo al que nos aferramos. Parece una contradicción. He entendido por qué los que han vivido más años, es decir, los que ya tienen menos reductos, tienen los ojos más perdidos y casi no les queda esperanza. Por otro lado, desde que esa pequeña eternidad se ha instalado aquí, a menudo se manifiesta a través de destellos, sutiles resplandores de paz que agradezco por lo que simbolizan. Cuando leí que Remedios la bella, “se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos” también la convertí en destello. Y ahora la siento como un resplandor que apareció en mi imaginación porque alguien al que quiero, se ha ido.

El amor sobrevive a la muerte gracias a una fuerza que desconozco. Si creyese en Dios como antes, me refugiaría en su idea. Ahora solo puedo sumergirme en el recuerdo feliz, en las imágenes, algo distorsionadas, que intento no deteriorar en ese rincón de la memoria, al que me apego íntimamente y que saboreo a diario. Un rincón que va transformándose. Al principio fui incapaz de asumir su existencia, luego se volvió insoportable.  Ahora es un bálsamo denso, que existe para mitigar el dolor. Odiaría concebir estas palabras tan fatuas como un homenaje o algo semejante. Egoístamente me veo a veces obligada a escupir lo que siento de esta manera. Pienso que casi todo lo que no se escribe como observador externo, como una simple descripción de hechos, se vuelve una farsa. Temo que una vez más se haya estropeado durante el trayecto lo que pretendo explicarte, lo que me gustaría decirte. Supongo que cuanto más simple lo expresase, menos me avergonzaría.

Mi taza con agua y azúcar hace las veces de café. Llevas una bata de andar por casa, tal vez sea Navidad y estás muy guapa, como siempre.

—¿Y qué tal están tus hijos?

—Muy bien, ¿y los tuyos?

Un flan oculto por una montaña de nata, todos los debates en los que éramos opuestas, la secreta ilusión de parecerme a ti, las sobremesas improvisadas en la terraza, el cenicero rebosante de colillas, las lecciones que alguna vez creíste vanas y que ahora, sin pretenderlo, son tu valioso legado, la magia que hubo siempre en mis ojos al mirarte, los secretos que nunca revelamos a nadie: los que te llevaste y los que se han quedado aquí.

Por supuesto que este es un ejercicio contra la tristeza. Y contra la impotencia, la desesperanza, la nostalgia, contra el recelo de aquellas épocas en las que no existían ausencias. Luché y fallé en el intento de no sentirme culpable por no haber aprovechado mejor el tiempo. Un tiempo que se agotó con rapidez al final. De todas maneras, es inútil la culpa cuando ya no hay marcha atrás. Me encanta imaginarte como a ti te hubiera gustado: en verano, con una pamela, tumbada sobre una de esas hamacas de telas de colores que se cuelgan entre palmeras y en una playa tan impresionante que escapa de la imaginación, lo más lejos posible de este lugar.

Pero me conformo con conservar para siempre y así de nítido el recuerdo de la alegría en tu rostro cuando me veías llegar y entrar por la puerta, con mil historias preparadas para contarte.


Cuadro: La Femme aux Chrysanthèmes, de Edgar Degas