Que arda

Hay una belleza morbosa en la gloria que se hunde y en el fuego. Es la belleza de lo perecedero y de la voracidad que todo lo consume, que de todo se alimenta y apodera. Fácil es relacionar la imagen sobrecogedora por bella y por enorme de las llamas de París, anoche en Notre Dame, con el fuego wagneriano que al Anillo pone fin con doble sacrificio: la pira funeraria de Sigfrido en que Brunilda se abalanza y el incendio del Valhalla por obra de su amo. Como en el teatro, el espectador, ya televisivo, ya internauta, ya turista transeúnte en las aceras de París, observa arrebatado el espectáculo de llamas y humareda que brota de un tejado por todos conocido, incluso por un niño, que tras el fuego reconoce la cárcel y aposento del pobre Quasimodo.

Hoy se habla en los diarios de corrillos penitentes en las calles de París, de grupúsculos que rezan por el templo que aún es nudo de tizones. Cosa curiosa. ¿Cuál es el objeto de tales oraciones? Quizá —seguramente— la busca de un refugio contra la calamidad, un consuelo, como el llanto y, a menudo, la violencia; eso es el rezo la mayoría de las veces. Por otro lado, acaso sea una reacción instintiva ante la sensualidad del fuego lamiendo los muros centenarios, una expresión de arrobamiento que toma apariencia de oración por manifestarse ante el holocausto de una iglesia. Esta gana de rezar frente al incendio, así considerada, casi parece un arrebato místico; arrebato poco inusitado si se tiene en cuenta la sensualidad desmesurada de la imaginería católica. Sí, a menudo los católicos olvidan que en la cruz no hay entelequia, sino el cuerpo mutilado, agónico y hermoso de un dizque César Borgia.

Como un nazareno ensangrentado, como Persépolis destruida por el Magno, como los personajes de leyenda que antes mencionaba, Notre Dame hoy arrebata más que nunca por culpa de la sangre, y su belleza es más grande todavía gracias a la tragedia —de ella solo se libra el nazareno— de ser irrecuperable, de estar desapareciendo tal y como era para siempre. En la tragedia, en el morir por una vez, sin esperanza, habita la belleza más perfecta comprensible por el hombre. Por eso, si bien es una pena que Notre Dame perezca, ahora que está en llamas, que arda, que arda fiera y gloriosamente, y que ojalá se salve para volver a arder.