Lo que ha quedado del Reino de los Capetos

Entre 2014 y 2018, con motivo de un reportaje de la Gran Guerra, un periódico regional me encargó realizar una serie de entrevistas a lo largo del noreste del Hexágono. Una de ellos fue con Claude Leclerc, un hombre que hace un siglo correteaba entre las callejuelas de Reims en el otoño del catorce. El centenario anciano, por entonces en excelente forma pese su edad, al principio me tomó por uno de esos becarios que llevan la sección de “vida sana” de un programa de sobremesa, así que se alegró profundamente de conocer mis verdaderas intenciones.

Claude, que falleció el año pasado (Q.E.P.D), recordaba más vívidamente el sonido del descenso de los obuses que cualquier pasatiempo que hubiese hecho el día anterior a mi visita. No le culpo, pues esos recuerdos traumáticos, nacidos en una época de héroes y mártires, nacen para acompañar por toda su vida a su propietario. Esos recuerdos guardan más fidelidad que el mejor de los enamorados. Asimismo, yo no puedo olvidar cuando Claude me habló de la Catedral de Notre-Dame de Reims.

Aquel mismo reportaje me llevó a visitar bastantes templos afectados por los cañones alemanes: Amiens, Arrás, Noyon, Saint-Gervais (París)… Pero Reims era distinta. Reims demostraba que la primera guerra mundial era la definitiva guerra total. Una guerra sin cuartel, que no respeta ni siquiera lo más sacro; una guerra que convierte al adjetivo “moderno” no en un elogio sino en un insulto. La de Reims no era una catedral cualquiera de provincias; es un nexo con el pasado olvidado del país. En esta catedral se celebraron, desde el siglo XI, las coronaciones de los reyes de Francia: Capetos, Valois y Borbones. Aquí estuvo Juana, la doncella de Orleans, en la de Carlos VII.

Los alemanes sabían esto, y por eso se cebaron bien con la catedral. El primer bombardeo provocó un incendio que consumió casi toda la carpintería catedral. Y a este ataque lo siguieron no pocos más. Claude me contó que la ciudad amaneció regada por los miembros pétreos de las estatuas de la catedral, descuartizadas por la artillería enemiga. Él todavía conservaba en su casa el rostro desfigurado de una gárgola. La ciudad no sufrió menos que la catedral, y por eso no pocas veces tuvo su familia que refugiarse en la catedral, que también servía de enfermería para soldados convalecientes de cualquier bandera. Es por esto que el edificio quedó ligado a los sueños y esperanzas de los remenses. Su reconstrucción duró casi 20 años (del 19 al 38) y fue financiada, entre otros, por los Rockefeller. El hermano de Claude fallecería a causa de un accidente laboral en 1931, durante las obras. Ello no impidió que el buen Claude oyese cada domingo la misa desde la reinauguración.

Reims no es menos a Francia que Verdún o la Île de la Cité; es parte de ese espíritu irredento que se niega a morir a manos del racionalismo que trajo la República y su ley de 1905. Es la prueba de aquella remota época en la que Francia era el primo de Zumosol (y no pocas veces, un poco cabroncete) del Vaticano. Nos recuerda que Francia ya era grande mucho antes de Luis XIV, la revolución y los napoleones. Y eso es algo que sólo me ha podido evocar otros lugares como la Sainte-Chapelle, las vidrieras de Saint-Pierre de Bouvines o Notre-Dame de París. Y al infortunio sólo se le ocurrió castigar a este último.

La quema de una catedral es una innegable tragedia. No sólo por la pérdida artística, pues las catedrales son algo más que la suma de sus partes. Son, entre otras cosas, el resultado de generaciones y generaciones que sacrificaron el bienestar inmediato por legar algo inmortal -o más bien, fuera del tiempo- a sus sucesores. París necesitó 182 años para terminar su Notre-Dame ¿Qué megaestructura toma más de un lustro a día de hoy? ¿Cómo se iguala aquello?

Pero tampoco podemos olvidar que la destrucción de templos no supone una singularidad, un antes y un después, en el curso de la historia. Mismamente, a raíz de un reportaje relacionado con el referéndum catalán de 2017, pude visitar la Catedral del Mar de Barcelona, quemada al poco del inicio de la guerra civil española por los revolucionarios. También he leído bastante sobre el Pabellón de Oro de Kioto, que fue quemado múltiples veces a lo largo de la historia. La más reciente, en 1950, fue el fundamento de una de las mejores novela de Yukio Mishima. Incluso el gran incendio de Londres de 1666 dejó en las últimas a la catedral de St Paul. Y las tres se mantienen abiertas al culto a día de hoy.

Lo realmente vital es la memoria y la voluntad de revivir aquello que nos dejaron los que nos precedieron; querer reconstruir. Pero para ello hace falta comprender no sólo la arquitectura, sino las motivaciones que residen tras la erección de las catedrales. La voluntad será lo que distinga a la renacida Notre-Dame de París de una mera cáscara útil sólo para seguir vendiendo suvenires a los turistas japoneses.

No hace mucho que tuve la suerte de poder hablar con un miembro de la alta jerarquía clerical parisina; un tipo bastante próximo al conservador Cardenal Sarah, el prefecto de la Congregación para el Culto Divino. Me recordó, al hablar sobre el incendio, que desde hace meses, más de seis iglesias católicas son vandalizadas cada semanas en el país, sin que se diga nada en los medios. Me dijo algo que, aunque pueda parecer cínico, no es falto de razón: “si en vez de Notre-Dame de París hubiese ardido la Catedral de Ruán o la Chartres, a nadie le hubiera importado”. ¿Realmente, qué hicimos por merecer a Notre-Dame? Quizás, como el hijo pródigo, nos olvidamos de dónde veníamos.

Yo, que no soy creyente y que hago aspavientos cada vez que oigo hablar a Le Pen, no puedo evitar sentir inquietud por el futuro de mi nación. ¿Está de nuestro lado ese espíritu que nos trajo de vuelta la catedral de Reims hace ochenta años? ¿Queda gente como Claude Leclerc? ¿Somos, siquiera, dignos de emular la gesta de los constructores medievales ahora que la utilidad es el único criterio arquitectónico? Al menos, pervive la esperanza, de la misma manera en que el sagrario y la Cruz de Notre-Dame  de París sobrevivieron al fuego.

P.S.: Gracias a los chicos de Argo por corregir las limitaciones de mi español.