Memorias de un Forrest Gump ibérico (I)

AVISO DEL EDITOR: El siguiente relato es una historia verídica, y, en ningún caso , un producto de la mitómana mente del transcriptor abajo firmante. El protagonista de esta curiosa autobiografía ha preferido mantener su identidad en el anonimato. El lenguaje ha sido ligeramente adaptado para amenizar la lectura, si bien se ha perseguido, como regla general, plasmar fielmente las palabras de nuestro protagonista.

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¿A ustedes les gusta la televisión? A mí me gustaba mucho el Grand Prix, ese programa que presentaba ese mismo tipo que solía aparecer en los programas de Nochevieja. Sí, el de la vaquilla. Nunca he comprendido por qué llevaba capa. Una vez un amigo mío me djo que la capa es algo que sólo deberían llevar los héroes, como Supermán, o los villanos, como Jaime de Marichalar.

A mucha gente le gusta mucho Cuéntame, ya saben, ese programa que siempre reponen en uno de los canales del gobierno en la TDT. A mí nunca me ha impresionado, porque, a fin de cuentas, todo lo que le ocurre a Antonio Alcántara son cosas que yo mismo viví en su momento. ¿Por qué querría conocer unos hechos que ya conozco por mi mano? Algunos dicen que es por nostalgia, aunque yo creo que para eso ya están los álbumes de fotos, ¿no creen?

Pero de cualquier manera, si tanto les gusta ese programa, se me ocurre algo mucho mejor. Les puedo relatar todas mis entuertos y desventuras que he vivido desde que vine al mundo.

Yo soy de Carabanchel, que como decía el padre Heráclides, es el barrio más bonito de todo Madrid, que es la mejor ciudad de España. Yo nací en 1959, y era hijo de la madre más guapa de toda la ciudad. Puede que fuese guapa, pero no era muy afortunada. Para cuándo yo nací ya era viuda por segunda vez.

Su primer esposo debía ser un tipo bastante calavera porque se fue a Rusia en los cuarenta, por un viaje de negocios, supongo, y jamás volvió. Tan pronto como se le declaró legalmente muerto se volvió a casar. Su segundo esposo fue mi padre, al cual nunca conocí, lo cual no impide que esté muy orgulloso de él. Debía de ser un empresario muy importante, porque a mi madre nunca le faltó nada mientras él vivió. Madre no suele hablar mucho del tema, porque le apena mucho, pero por lo que he podido saber, Padre gestionaba un negocio de importación muy lucrativo, que consistía en la compra de perlas al extranjero para su reventa.  Es por eso que su negocio tenía por nombre un acrónimo de lo que hacía: estraperlo. Sea como fuere, debía ser un poco despistado. Un día, como me contaron, alguien se lo llevó de paseo, con tal mala suerte que se debieron perder, porque nunca volvieron.

No lo he dicho antes, pero yo no era el único hijo de mi madre: tenía dos hermanastros bastante más mayores que yo. Quizás otro día os cuente más sobre ellos, pero de momento imagínense qué gran problema supuso para mí madre, encinta de mí y con otras dos bocas que alimentar, la desaparición de mi padre. Y, como yo habrán supuesto, yo no soy el tipo más inteligente que ha pisado Madrid, lo cual la puso en un mayor apuro. No obstante, eso nunca fue impedimento alguno a que yo fuese su ojito derecho.

Madre era desde luego una persona muy apañada, y no tardó en encontrar a un nuevo marido. Al principio hubo algo de revuelo en el barrio, porque cuando se conocieron él todavía estaba casado con otra, pero al poco su mujer murió y se pudo casar con mi madre. Yo no toleraba demasiado a mi padrastro, el señor de Mendoza. Él, bastante más mayor que mi madre, era un petimetre de bigotillo fino sobre el labio superior que me trataba condescendientemente cuando había invitados y me freía a correazos el resto del tiempo. De cualquiera de las maneras, parecía que no le faltaba el dinero. Tenía un cargo importante en el Movimiento Nacional, que supongo que se trataba de una agencia de viajes muy importante en aquella época. En realidad nunca supe demasiado sobre él, aparte de que le gustaba dárselas de importante y que el rojo no era precisamente su color favorito.

Cómo al señor de Mendoza le parecía un estorbo, me inscribió en un internado, lo cual no estaba tan mal, porque al menos no me metieron en un colegio para retrasados. Puede que sea un poco idiota, pero no soy de esos que se hacen pis encima y babean, con todo el respeto del mundo. Madre siempre decía que todos somos hijos del Señor y que tenemos que respetar a todos pese a sus defectos. Bueno, la cuestión es que el señor de Mendoza un día me dio dos palmaditas en la espalda y me dijo “chico, puede que seas un poco lento, pero si te esfuerzas lo suficiente en esta vida puede que llegues a ser censor, o incluso a trabajar en El Alcázar”. A mí me gustaba la idea de ser un apuesto caballero en un alcázar, con su escudo y su corcel, así que asentí. Así que acabé en el internado, uno de los buenos, porque según él, allí podría centrarme en mis estudios sin distracciones.

La estancia en el internado no fue moco de pavo. No es que los otros niños se metiesen conmigo, pero me ignoraban completamente. Hasta mi compañero de cuarto fingía no conocerme durante los recreos. No le di demasiada importancia, pues tampoco me caía demasiado bien. Podría decirse que yo no tengo una gran facilidad de palabra. Tampoco es que no tenga nada que decir, más bien lo contrario, pero muchas veces se me juntan todas las palabras en la boca y no se muy bien cómo articularlas. Por eso prefiero ser parco en palabras. Como decía Gracián… o Quevedo… bueno, como decía uno de esos caraculos del siglo diecimucho que estudié en su momento, “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Mi primera evaluación allí fue una auténtica debacle: cateé un montón de asignaturas, aunque sorprendentemente saqué una matrícula de honor en una asignatura que se llama Formación de Espíritu Nacional, o algo así. Yo estaba aterrado por la posible reacción del señor de Mendoza. Sólo recordar la hebilla de su correa me hacía ver las estrellas. Afortunadamente cuando él y mi madre me vinieron a visitar nada de eso pasó. Madre lloraba de alegría por volver a verme y mi padrastro parecía preocupado por otras cosas, así que se limitaron a regañarme y decirme que me esforzarse más para la próxima. Puede que el señor de Mendoza fuese un poco capullo, pero en el fondo no era tan malo.

La cosas en el internado dieron un completo giro cuando nos asignaron al padre Heráclides en la clase de gimnasia. El padre Heráclides, director del centro, tenía dos pasiones: los ducados y el Real Madrid ¡Y qué pasiones! Yo diría que él creía en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo y en Paco Gento. Ese año el Madrid había perdido la semifinal de la Copa de Campeones contra unos portugueses, pero el padre estaba convencido de que para el año siguiente vendría lo que él ya llamaba “la séptima”. En fin.

Yo no terminaba de encontrar mi lugar en el campo, lo cual irritaba sobremanera al padre, que me arreaba unos buenos soplamocos cada vez me pillaba distraído a la hora de pasar la pelota. No obstante, a fuerza de correr para huir de sus guantazos, el padre se dió cuenta que la velocidad que alcanzaba con mis zancadas, por lo que se decidió a replantear la estrategia del equipo. Así, yo subía arriba bien rápido a recibir la pelota, correr como un energúmeno y marcar en la portería una vez superada la defensa contraria. Esto al principio sirvió en las ligas escolares y anoté unos cuantos tantos, pero a los pocos partidos los defensas contrarios ya estaban advertidos y sabían provocar el fuera de juego.

El padre Heráclides volvió a dar con su gozo en un pozo, pues yo entonces no entendía del todo el concepto del fuera de juego y el árbitro siempre acababa anulando nuestras jugadas. Probó de todo para revertir la situación: me hizo copiar doscientas veces la definición reglamentaria de fuera de juego, dar cinco vueltas al campo cada vez que me pitaban fuera, veinte flexiones por error… Él siempre me decía que hasta un imbécil podría aprenderlo, y en realidad tuvo razón, no lo cual no quita que llevase su tiempo. Nunca adelantar al último defensa (sin contar al portero) antes de recibir el balón. Nunca he captado del todo el porqué de la regla, pero el mero hecho de no tener que recibir los gorrazos del padre Heráclides me parecía suficiente.

Para cuándo aprendí a sortear el fuera de juego, el equipo del internado se hizo imparable y acabamos venciendo al resto de colegios de Madrid. El padre Heráclides estaba muy contento conmigo y mis notas empezaron a mejorar. Fueron buenos tiempos, aunque también fue durante estos años cuando mis hermanastros se marcharon a Francia en busca de trabajo. Nunca encajaron muy bien en la casa del señor de Mendoza, y al final no les fue tan mal fuera, así que me alegro por ellos, aunque nunca me pude despedir propiamente de ellos. Desde entonces nos carteamos con frecuencia. Eso sí, siempre me ha llamado la atención cómo el vivir tanto tiempo fuera les ha estropeado el vocabulario. En sus cartas dicen cosas como “chambra” o “carrota” en vez de “habitación” o “zanahoria” ¿os lo podéis creer? Puede que yo sea un poco duro de mollera, pero nunca diría ese tipo de cosas. Madre dice que es como hablan los españoles que viven por allí, pero no estoy del todo seguro.

Tras ganar la liga escolar, pasé el verano con Madre y el señor de Mendoza. Mi padrastro había comprado una casa en la sierra y una televisión. Ese verano estuvo especialmente amable conmigo, e incluso nos quiso llevar de visita al valle, aunque yo creo que se equivocó por el camino, porque acabamos en un mausoleo del tamaño de un trasatlántico. Son también de estas vacaciones mis primeros recuerdos televisivos: cómo un señor de voz inflexible anunciaba la llegada de un astronauta a la luna. La verdad es que esto causó gran impacto en mí; mucho más que los partidos y reportajes que se emitieron los años siguientes.

En otoño volví al internado, y esta vez las cosas fueron bastante bien. El fútbol me había dado cierto renombre y los demás chavales habían dejado de ignorarme. No voy a negar que había una condescendencia generalizada, y alguno que otro me hacía objeto de burlas atemperadas, pero todo iba bastante mejor. Era uno más, un poco extravagante, pero sólo eso. Incluso trabé amistad con mi compañero de cuarto, que se llamaba Ricardito. A él también se le daba muy bien la asignatura de Formación del Espíritu Nacional (diría que incluso le apasionaba), y tenía a su padre en un alto ministerio, por lo que nunca perdía la oportunidad de recordarnos los aciertos de la política del gobierno. A mí en verdad esas cosas sólo me producen sopor, no sé, así lo veo yo.

Les había hablado ya del viaje a la luna. En mi clase estábamos entonces entusiasmados con la exploración espacial y los extraterrestres. E incluso a día de hoy me interesan esos temas. Ya saben, La Rosa de los Vientos, Cuarto Milenio y todo eso ¡Oh! No se preocupen. Hay una diferencia grande entre ser idiota y ser un crédulo, y créanme, al menos no soy de lo segundo.

La cuestión es que entonces era bastante impresionable y después de oír algunas mentirijillas sobre platillos volantes contadas por un amigo bromista no podía quitar la mirada del cielo cada vez que salía a la calle. Y lo crean o no, llegué a ver uno.

Faltaban poco para las Navidades del 73. Creo que era el día 20. Era temprano y yo me había topado con un gamberro que jugaba en un equipo al que habíamos ganado siete a cero la semana anterior. Debía ser algo rencoroso, porque me empezó a perseguir y a lanzar corchos de botella. Yo salí corriendo hasta darle esquinazo, de tal manera que acabé en el barrio de Salamanca, casi entrando en la calle Claudio Coello. Justo cuando me reponía de la carrera, el suelo tembló y se produjo un estruendo infernal. Lo único que vi tan pronto como miré al cielo fue un platillo volante alejándose de la superficie terrestre. El despegue debía de haber sido muy violento, pues la calle quedó completamente arrasada. Pronto llegaron los bomberos y la policía, así que me fui a casa con el corazón a la altura de la campanilla. Al día siguiente las noticias sólo decían algo de un almirante. Era increíble: la prensa había decidido ocultar al público el avistamiento de platillo volante más importante de la historia española.

En el momento creí que era un claro caso de extraterrestre. A día de hoy soy más escéptico: pudo haber sido un caza secreto del ejército americano, por ejemplo. Pero lo innegable es que desde entonces la gente empezó a actuar muy raro. Fue como si el reloj de la historia se hubiera vuelto loco. En esos años yo me metí en bastantes líos, pero quizás eso es una historia para la semana que viene…