El sueño de la razón produce monstruos

Contrariamente a la clásica sentencia, hay plazos que no se cumplen y deudas que no se pagan. Eso es, al menos, lo que ocurre en la fábula de Jacques Cazotte, El diablo enamorado. Publicada en el Nápoles ficticio¹ de un lejanísimo 1772 —Tierra y Cielo han cambiado desde entonces, no así el hombre—, esta novelita narra las cuitas de un joven oficial español  que, en un alarde de bravuconería, invoca al mismo Belcebú con la necia intención de someterlo a su dominio. El ritual tiene éxito; sin embargo —y en esto radica la genialidad del relato— el Enemigo no se manifiesta bajo un atavío aborrecible, sino como una bella y candorosa jovencita que, arrebatada por el temple del español, se enamora de él y se le somete voluntariamente. Su propósito, ya puro, ya funesto, será seducir y unirse a  su nuevo amo.

La índole de esta unión —a ratos metafísica, de carnalidad disimulada y manifiesta a un tiempo a causa del amaneramiento del lenguaje dieciochesco— y el proceso de claudicación amorosa y espiritual del joven nigromante son el motivo central de Le diable amoureux.

Diable

Álvaro de Maravillas —tal es el ridículo nombre del protagonista— opone la fuerza de la razón a la voluptuosidad diabólica. La certeza de la malignidad de su rival, la voz agreste de la lógica, empero, se disipa cual arenisca bajo el diluvio de sensualidad que los castos envites de Biondetta —identidad femenina del diablo— le suponen.

Este cortejo macabro, claro, es una metáfora de los atractivos de lo onírico, de lo fabuloso e irracional —también lo prohibido, lo oscuro, lo maldito— y de lo mucho que aventajan sus frutos a los que la ciencia y la razón —la Ilustración— pueden ofrecer. Frutos prohibidos y podridos a la postre, manzanas que arrastran a la perdición a quien las muerde. Pero ¿cómo no adorarlas?, ¿cómo no desearlas, no deleitarse en ellas?, ¿cómo no probarlas? Y, una vez probadas, ¿cómo no perderse y arrojarse en ellas por entero? La diabla de Cazotte —no la he llamado diabla antes para no malentendernos—, llegado el punto en que ve su presa próxima a cerrarse sobre el pecho del español, exige de él una entrega infinita y desmesurada, un sacrificio inmisericorde que parece querer concretarse en la unión carnal a la que Álvaro pudorosamente se resiste, pero que apunta al abandono de la razón y la templanza, corderos que solo la pasión puede degollar. En las líneas acabaladas de la novela de Cazotte se escucha el eco futuro de esos versos tan ardientes, tan llorosos hoy aun cuando secos —como son españoles en mi pecho, como todo, aun cuando los canta un alemán—, que se debaten entre razón y fantasía: «¿Qué ser vivo dotado de sentidos no ama por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve a la que todo lo alegra, la luz, con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia, cuando ella es el alba que despunta. […] Pero me vuelvo hacia el valle, a la sacra, indecible, misteriosa Noche?»².

Es triste para mí como lector, y si no como lector, sí como animal nocturno que me siento, que El diablo enamorado termine como un delirio febril. Se trata, como dije al principio, de una fábula, y como tal su final es peligroso aunque no fatal, y una moraleja lo acompaña. Aquel 1772 era demasiado intempestivo para una apoplejía romántica o un holocausto gótico, soy consciente, aunque la novela transite las veredas que esos géneros asfaltarán en décadas posteriores, profetizando en algunos detalles Atalas, Melmoths, Faustos —me pregunto si la metamorfosis de Mefisto en perro será un guiño a este diablo— y otras criaturas. Sin embargo, este pretexto racional no satisface mi decepción al ver la trama resolverse sin que [spoiler] el protagonista, don Álvaro, se entregue por completo a su Biondetta sin miramientos de su diabólico o sincero natural. El final, moral y abrupto, deja a uno con la sensación de que Cazotte nos ha engañado, nos ha contado una historia para no dormir antes de mandarnos cual infantes a la cama, de que era un tradicionalista que gustaba de jugar con magia negra entre puro y puro como jugaban los vetustenses del casino clariniano a la política, de que, en definitiva, Cazotte se ha ido sin pagar. Y yo, que soy mal donjuanista, pero del partido de don Juan, sé bien que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague.

Diable amoureux

He omitido intencionadamente —hasta ahora— aquello que nadie omite al escribir sobre esta novelita de cierto culto: El diablo enamorado es conocido, sobre todo, por sus exégetas, que en lengua española, a mi día de hoy, son Borges y Luis Alberto de Cuenca, que es tanto como decir solo Borges, habida cuenta de la confesa admiración que el vate vivo siente por el ciego muerto y de la coincidencia entre sus gustos bibliográficos. De uno era y de otro es El diablo enamorado uno de sus relatos favoritos. Mucha gente llega a él azuzado por su criterio, tal es mi caso. Comprenderás, lector, que me he callado esto y lo menciono ahora por juego: para ver si, siendo yo anónimo e inepto, sin palio de papel bajo el que guarecer mi sombra, era capaz de despertar el interés por la lectura de esta estrafalaria quimera literaria, como hacen ellos. Habrá un lector y habré ganado.


¹ La editio princeps de Le diable amoureux se anunciaba publicada en Nápoles para, según dicen, dar impresión de exotismo. Como curiosidad, tampoco figuraba el nombre de Cazotte, pero su fama de escribiente extravagante bastó para dar a conocer su autoría.

² Versos del I Himno a la Noche, de Novalis.

Grabado: El sueño de la razón produce monstruos, de Francisco de Goya

Ilustraciones originales de Édouard de Beaumont