Memorias de un Forrest Gump ibérico (II)

Les contaba la semana pasada cómo todo empezó a cambiar después de que viese al platillo volante en Claudio Coello. Huelgas manifestaciones, delincuencia juvenil… incluso atentados terroristas. A día de hoy la gente se queja de que todo va a peor y que antes de vivía mejor, pero créanme, nadie querría volver aquellos tiempos.

Le conté a Madre, un tiempo después, que creía que toda la violencia era el resultado de la radiación de ondas alienígenas emitidas por el ovni aquel día. Ella contuvo la risa, me cogió la mano y me explicó que no hace falta buscar más allá de las estrellas los motivos de la miseria humana. Que no podemos evitar que haya gente mala y que lo mejor que podemos hacer es rezar, querer y ayudar a la gente que realmente nos necesita. Madre no tenía tantos estudios como el señor de Mendoza o el padre de Ricardito, mi compañero del colegio, pero que me aspen si no sabía mucho más sobre las personas que ese hatajo de presuntuosos.

Hablando de Ricardito ¡si supierais en que lío me metió! La cosa ocurrió tres años después del avistamiento ovni. Para entonces yo ya había acabado, con bastante pena y con poca gloria, mis estudios generales y había vuelto a la casa mi padrastro. Era obvio que la universidad no era una opción. No sabía muy bien qué hacer con mi vida, pero por suerte (y para desgracia del padre Heráclides) un ojeador del Atlético de Madrid me contactó para jugar en el filial. Ni se imaginan lo contentos que se pusieron en casa. Madre hizo un bizcocho de chocolate sabrosísimo y el señor de Mendoza me regaló en secreto un habano que nunca llegué a fumar. Justo cuando todo iba bien fue a aparecer Ricardito.

En los últimos años en el internado Ricardito estaba bastante cambiado. Ahora se hacía llamar Richie, se había echado una novia francesa y llevaba el pelo largo. Ya nunca hablaba de lo buen gestor que era su padre y se dedicaba a fumar y escuchar ese tipo de música extranjera que no le gusta para nada al señor de Mendoza. Incluso le llegaron a expedientar por no asistir a clase de Formación del Espíritu Nacional.

Él me recomendaba libros extrañisimos más ininteligibles que un manual de trigonometría. Estoy seguro de que el muy fingidor ni siquiera los entendía, que lo único que quería era impresionar a su novia, la francesa. Una cosa es ser tonto y otra ciego. Yo no soy ciego. Y tampoco soy tan tonto. No tengo dedos suficientes en las manos para contar a toda la gente más necia que yo que he conocido.

Diantres, que me pierdo. Bueno, la cuestión es que quedé con Ricardito para contarle lo del fichaje del Atleti. Cuando se lo dije, se mostró emocionado y luego me miró pensativo. Dijo que era hora de que conociese el partido. Me puse un poco nervioso, porque no tenía ninguna equipación a mano para para jugar al fútbol. Se rió y me llevó casi a empellones a un antro bien oculto en el callejero de Madrid.

Allí había un montón de tipos raros. Había bastantes barbas, camisas de cuadros, y coderas. Unos cuantos hablaban utilizando ese tipo de palabras que empleaban mis hermanastros, los que se fueron a vivir a Francia. Juraría que a alguno de los que encontré ahí lo volví a ver por la tele años después. En general discutían sobre temas profundamente aburridos con los que pretendían ocultar la competencia de egos que inundaba el lugar. Por primera vez en mi vida sentí que de todos los que estaban allí concentrados yo no era el más imbécil.

Además de la novia de Ricardito, había alguna que otra moza de buen ver, así que le di un pase a sus gilichorradas. Ya saben cómo son los chavales a esa edad. Dejé que me camelase una rubia, también amiga de Richie-Ricardito. Era española, aunque vestía a la moda extranjera y estaba obsesionada con la lengua francesa, porque quería leer a una tal de Buabuá. Me insistió mucho en que nosecual teoría decía que era muy importante concienciar a los futbolistas como yo para crear hegemonía política. Me soltó un montón de palabras cargadas de sílabas, así que me limité a fingir interés y a mirar sus ojitos negros.

La cuestión es que entre ella y Ricardito me convencieron para asistir a una manifestación a favor de la amnistía. Y manifestación rima con perdición. Yo estaba un poco nervioso, porque había visto en la televisión que las manifestaciones acababan siempre a leñazos entre los maleantes y la policía. Me intentaron tranquilizar contándome que simplemente sería una suerte de desfile de estudiantes, así que les tomé la palabra.

Unos pocos días después allí estaba yo, rodeado de hippies con pancartas infamantes. Todo por un inmerecido flechazo. Los antidisturbios no tardaron en aparecer, y, pobre de mí, no se me ocurrió otra cosa que asumir que simplemente venían a escoltarnos. En cuanto vi que un greñudo a mi izquierda se arqueaba para arrojar un cascote me puse blanco como una oblea. La muralla de escudos cargó y volví a ver las estrellas, al igual que en los tiempos en los que no acertaba a entender el concepto del fuera de juego y el padre Heráclides me martirizaba a collejas. Acabé en el furgón policía rumbo al cuartelillo con la rodilla hecha un Cristo.

Pasé la noche en la comisaría con Ricardito; con el cabroncete de Richie. De la chica ni rastro. Por lo visto Ricardo ya era un viejo conocido por allí, y en virtud de la posición de su padre, nos trataron bastante bien. Hasta llamaron al señor de Mendoza para que me viniese a recoger. Menudo disgusto se llevó. Ya no me preocupaba por las bofetadas, porque le sacaba ya una cabeza de altura, pero el verle así de compungido me dejó bastante tocado. “¡Hijo mío, que hayas salido tonto ya tal, pero que seas comunista…!” Esa me dolió un poco. Madre también se entristeció, pero de una manera distinta. A mis casi dieciocho años no había sido capaz de demostrar ser lo suficientemente maduro.

Lo de la rodilla dejó sus secuelas. Nada grave, pero me causaba ciertas molestias a la hora de correr, y al final el Atlético decidió no formalizar nada. Menudo chasco. Ni siquiera le pude pedir un autógrafo a Aragonés. Ya me había advertido el padre Heráclides que de los colchoneros no se podía esperar uno nada bueno. A lo largo de los años he oído a mucha gente eso de que no les fichó un equipo de primera porque se lesionaron la rodilla. Bueno, pues a Dios pongo por testigo, que en mi caso no es otra cosa que la pura verdad.

Se suele decir que las desgracias no vienen solas. No sé si el turismo estaba en horas bajas, pero la cosa es que al poco tiempo Movimiento Nacional, la empresa en la que trabajaba el señor de Mendoza quebró. Luego se unió a otro negocio parecido, pero con mucha menos suerte. Tuvo que vender la casa en la sierra y el televisor para afrontar los gastos.

Para ayudar a la familia me dediqué a hacer todo tipo de chapucillas para ir ganando algunos duros. Repartía periódicos, descargaba mercancías y ese tipo de cosas. Pese a las objeciones mi cada vez más alicaído padrastro, en el 77 hice algún dinerillo pegando carteles para UCD, que creo que es la empresa que años después desarrolló el compact disc. Empapelé Madrid entero y se quedaron tan contentos que hasta el jefazo me felicitó en persona. “Puedo prometer y prometo que se le dará unas pesetillas extra” me dijo. Parecía un buen tipo. Y gracias a ese dinerito puede ir a ver en noviembre La Guerra de las Galaxias, que desde entonces es mi película favorita.

Y la cosa siguió igual hasta el 80, cuando me llegó la carta de la oficina de reclutamiento. Ya había logrado escaquearme dos veces de la mili gracias a mi especial condición, pero este año andaban cortos de reclutas y decidieron no hacer excepciones conmigo. Ay de mí. Me destinaron a Valencia; por lo menos hacía buen tiempo.

Habiendo estado en una internado, la mili no parecía tan terrible. Aquí el sargento no te zurraba como el padre Heráclides, pero sí decía un montón de groserías sobre tu madre. Nunca pensé que “mariquita” podría tener tantos sinónimos hasta que estuve allí. Sargento también decía que padre era la misma persona que mi tío, cosa que no me hacía especial gracia, pero tampoco podía zurrarle, porque acabaría en el calabozo, y eso preocuparía mucho a Madre y al señor de Mendoza.

Las prácticas de tiro son divertidas, sí, pero en general la vida en el cuartel es un tedio continuo: correr, marchar, cavar zanjas que sirvan como letrina, comer un rancho malísimo… Para matar el tiempo libre, aprendí a tocar la corneta.

En la mili había todo tipo de gente. Tanto lumbreras como gente más dura de mollera. Precisamente eran estos segundos los que más se metían conmigo. Amigos, si una cosa he descubierto a lo largo de los años es que un montón de gente mediocre se ceba con la gente como yo, simplemente porque sólo son algo más listos y necesitan distinguirse. Es un poco triste, si se piensa fríamente.

En fin, no sería hasta febrero del año siguiente que las cosas se animaron un poco. El día 23 los otros reclutas se agolpaban frente a la radio del barracón para oír las noticias. En el momento no me enteré muy bien de qué iba la cosa, creo que los diputados tenían que elegir al presidente y como no se ponían de acuerdo, comenzó un tiroteo, razón por la que tuvo que intervenir la Guardia Civil. Sea como fuere, se nos dió al poco orden de despliegue. Yo estaba atónito, y por un momento pensé que había estallado una guerra. Comencé a interpelar al sargento sobre nuestras órdenes, quién me dijo con total condescendencia que sólo íbamos a desfilar por la ciudad. Ya era la segunda vez que me decían lo mismo.

Había tanques por todas partes, y tuve la sensación, no sé por qué, de que aquel espectáculo habría emocionado al señor de Mendoza. Nos dieron orden de rodear un edificio administrativo. Cómo no teníamos nada más que hacer aparte de vigilar, encendimos una radio portátil. Entonces se emitió un mensaje del Rey bastante desconcertante, porque no era Navidad. El Rey pronunció un montón de palabros; volvimos al cuartel unas horas después. Continuamos el servicio militar con normalidad, como si nada hubiera pasado. Amigos, yo no he leído nada sobre estrategia militar, pero aquellas maniobras fueron, como poco, absurdas.

Al cabo de unos meses fui licenciado ¿Valor? Se me supone. A la vuelta de mi periplo castrense continuaron mis infortunios ¡Vaya, que tarde se ha hecho! Será mejor que lo dejemos para la semana siguiente.

Continuará