El mundo; o es un pañuelo, o lo induces

Que las apariencias engañan es una verdad como un templo y como todo en este mundo son apariencias, todo engaña; si me equivoco, que baje Dios y lo vea. Suele decirse, también, que, hablando del rey de Roma, por la puerta asoma; y como el rey de Roma es todo apariencias, también engaña. Pensando iba, justamente, en el rey de Roma —sé a quién me refiero— y por la acera de enfrente asomó, por lo que podría decirse que, pensando en el rey de Roma, por la calle te lo cruzas —o no, porque las apariencias engañan y el rey de Roma lo es. En cualquier caso, el hecho es que me lo crucé. Iba deseando no hacerlo pero, como el refranero castellano es canalla, así ocurrió.

A lo largo de su corta presencia he conseguido decepcionarme a mí, desencantar a los que me quieren y hacer felices a los que me odian —haberlos, haylos. Aquella tercera vía que es el yo, y que desaparece con un nosotros, refleja la arrolladora realidad de que uno ni se quiere ni se odia, sino que siente indiferencia ante un espejo, aparentemente. Esta fingida displicencia hacia lo que veía reflejado se ha ido disolviendo a través de mi experiencia masoquista basada en la búsqueda, en redes sociales, de aquellos en quien pienso, pero no asoman. Buscar a aquellos a quien te quieres parecer lo asumo como el comportamiento patológico inherente al individuo encaprichado, al que quiere formar un nosotros pero solo encuentra un ella, y por supuesto, no ha hecho más que generar desvelos y zozobras. Existe una tentación sibilina en el compararse, tan necesaria y perniciosa, y si no, que vuelva a bajar el Altísimo… Respecto a mis preocupaciones —como encaprichado, quiero decir— se han reducido a dos: gustar más al otro y que el otro le guste más. Ambas gravitando en torno a la apariencia y, por tanto, en el engaño.

Yo acababa de comprarme —por aparentar— El mundo es un pañuelo, de David Lodge, cuando ocurrió lo que con todas las fuerzas deseaba que no ocurriese, me lo crucé, y eso lo precipitó todo. Resulta que el mundo sí es un pañuelo y engaña; cuando no, lo induces.


Cuadro: Excursion into philosophy, de Edward Hopper