Crítica: Érase una vez en Hollywood

Érase una vez un tipo que fue a ver la última película de Tarantino, que se había estrenado en olor de opus magna un par de días antes. El tipo, si bien era aplaudidor recalcitrante del cineasta y no podía recordar una película suya que no le hubiese agradado en mayor o menor medida, descartando, claro, la mitad de Death Proof  perpetrada por Robert Rodríguez, de la que no se atrevía a responsabilizarlo, el tipo, decía, aunque era admirador de Tarantino, pagó su entrada y ocupó su butaca intranquilo. Meses atrás, Boyero había criticado duramente la película, y, como el agua cuando la bendicen, algo tiene la mierda cuando Boyero la huele.

El tipo recibió un mensaje. Explicó dónde estaba y qué iba a ver, y leyó cómo un amigo, persona de buen criterio, le escribía: «Ya me contarás. Dicen que es una obra de arte». Eso decían, efectivamente, Sergi Sánchez, Quim Casas, Yago García, Jordi Costa, Oti Rodríguez Marchante, Luis Martínez et al.; así lo leyó el tipo en Filmaffinity. Pero Boyero decía otra cosa, y Boyero suele acertar. Por eso, cuando ocupó su butaca, estaba intranquilo.

Y desde la butaca presenció la obra de un niño grande y travieso, la creación de un muchachote que ocupa una tarde de domingo en aglutinar toda la cacharrería de su imaginario de dependiente videoclubino. Vio a tres personajes cuya relación estriba únicamente en su proximidad física. DiCaprio, un actor de westerns en horas bajas que se resiste a abandonar Hollywood y su trasnochado estilo de vida. Pitt, el doble de acción y chico para todo de DiCaprio, un madurito cutre y sin ambiciones que lo acompaña a todas partes. Robbie, una Sharon Tate reducida al foreshadowing puramente nominal. Robbie es vecina de DiCaprio y Pitt trabaja para él, eso es todo. En ningún momento del filme la historia de estos personajes se funde, se cruza siquiera. Por el contrario, cada uno se hunde por su lado en la misma nadería lánguida y desconcertante, en un caos que se intenta reanimar, sin éxito, mediante flashbacks extensos y aburridos y cameos que no aportan nada, y de cuya caracterización el realizador ni siquiera está seguro, como evidencia el hecho de que a Steve McQueen haya que ponerle un cartelillo anunciando su nombre, pero a Bruce Lee, como es el puto Bruce Lee y es asiático y habla como un bobo, no.

El tipo intentó exprimir ingenio de unos diálogos perogrullescos que algún iluminado no dudará en calificar de ingeniosos. Trató de palpar un propósito en la rimbombancia de un guión fallido, en las desfachateces y rodeos con que dos actores magníficos son obligados a llenar casi tres horas de vano fetichismo estético.

Pero no lo logró, y cuando llegó la descacharrante traca final, solo pudo pensar que Brad Pitt es un grandísimo actor de comedia, que era incapaz de ver a DiCaprio y no acordarse de Leonardo DiCaprio, que la broma de Sharon Tate no tenía gracia, y que Tarantino, en ese momento, debía de estar en su casa jugando a los Lego, o con pistolas de restallones, desnudo como un emperador, riéndose por lo bajo de cuantos alaban su traje, este torpe homenaje onanista tan bonito de ver como grato de olvidar. Boyero tenía razón.