Elogio del Benedictine

 

Hará cosa de diez meses que mi querido Luis Secades me convidó a almorzar en la Vetusta de todas mis nostalgias para satisfacer una deuda que sólo existía en su cabeza. Elegimos restaurante, tomamos un Prieto Picudo con el que abrir hueco y recuperamos un debate ya tradicional entre nosotros: el verso anfibráquico. Yo recuerdo al padre de Luis en un aniversario de la boutique familiar sirviéndonos botellas y botellas de espumoso rosé acompañadas de bandejas y bandejas de elegantes moscovitas. Viniendo de una familia donde el alimento se comparte con tanta delicadeza, está claro que mi amigo no puede ser mal camarada de estómago.

Nos sentaron a comer y Secades eligió con envidiable acierto su menú -digo envidiable porque aquel día yo no estuve fino-. Aunque las verdinas amariscadas que le sirvieron pedían salir con la cazuela escondida, ambos asumimos que la mayoría de platos carecían de esa chispa voluptuosa que nos hace distinguir la belleza del atractivo. Sin embargo, nuestra controversia sobre el buen uso de los endecasílabos de gaita gallega -si es que lo tienen- y el recitado de algunos poemas de León Felipe mejoraron notablemente el sabor de los alimentos, convirtiendo aquella comida en un encuentro dulce. Terminado el postre, mi amigo amagó con enfadarse si no le dejaba pagar, por lo que decidí zanjar el asunto por la vía más rápida: “acepto, pero el Benedictine corre de mi cuenta”. Cuando fuimos a pedir las copas en una prestigiosa barra de Oviedo, al camarero se le escapó una mueca de pasmo. “Mala suerte -pensé-. Me da que no lo conocen”. Preguntó a sus compañeros y le respondieron que no tenían. Resignados a la fatalidad de no beber Benedictine, tuvimos que conformarnos con el hastío adolescente de un café cortado y un té verde con limón, pues, como todo el mundo sabe, a falta de pan, ninguna torta es buena.

Días más tarde me sucedió algo parecido en un hotel de Gran Canaria, con sus cinco estrellas y su horrible arquitectura de parque temático, donde tras una cena con cierta élite mundial -ex ministros del extranjero, ex gobernadores de bancos centrales del extranjero, filósofos del extranjero, pensadores, catedráticos de aquí y de allá, capitanes de empresa, gestores de activos, eternos candidatos al Premio Nobel de Economía, sablistas aprovechateguis y futuros doctores-, acudí esperanzado al mostrador por si esta vez la suerte quisiera sonreírme… Pero no quiso. Y si no fuera porque a uno le han enseñado a mantener la figura incluso ante las adversidades más severas, habría llorado torpe, desconsoladamente, ante aquellos cráneos privilegiados como un niño al que niegan su deseo mayor.

La primera vez que tuve noticia del Benedictine yo contaba trece o catorce años y andaba enfrascado en la lectura de Los gozos y las sombras, libro en mi opinión injustamente desdeñado por los críticos. En el primer volumen de la trilogía, el protagonista pide dos copas al camarero y éste responde que mirará si tiene. Al poco, trae una botella sin abrir y añade: “Lleva en casa lo menos treinta años. Nadie pide de esto”. Lo dramático de esta escena es que transcurre en 1934, lo que significa que, tras una república, una guerra, una dictadura, una transición y cuarenta años de partidocracia, hay detalles en los que la sociedad se niega a avanzar en el sentido correcto; es decir, en el de celebrar la vida bebiendo Benedictine.

Sobre este licor sabemos que se elabora a partir de veintisiete plantas secretas de las que la competencia ha descubierto veintiuna -¡ay del secreto industrial!- y que lo inventó en 1510 el dómine Bernardo Vincelli, en una abadía normanda. La Revolución Francesa, con su sinrazón de laicidades extremas y despropósitos, hizo que la receta desapareciese durante casi una centuria, hasta que en 1863 el comerciante Alexandre le Grand logró recuperarla en un alarde contrarrevolucionario que habría suscitado la envidia de Bonald y de Maistre. Sólo por privar al mundo de una pócima así, deberíamos ciscarnos en jacobinos y sans-culottes con la misma inquina con que las personas de bien execran a Stalin y a Calvino; pero, para nuestra desgracia, la Revolución Francesa trajo cosas peores que todavía se siguen presentando en las escuelas como triunfos civilizatorios. Sirva de ejemplo la concentración del poder político legitimada en la razón de Estado (!).

Cada botella se etiqueta con las siglas “D.O.M.”, que significan “Deo Optimo Maximo”, “Para el más grande y mejor Dios”. Y es que una bebida elaborada con el hermoso propósito de adorar al Creador y que ha sobrevivido durante quinientos años tanto al desdén de los hosteleros como a la ignorancia de sus clientes, no puede saber mal. Si mi confesor me obligara a escoger un solo vicio, creo que me quedaría con el oloroso seco de Jerez y esta suave pócima consagrada a Dios Padre. Ojalá algún día mi buen amigo Luis Secades pueda entender mi devoción a ella porque esto significará que ha regresado a las barras de Oviedo.

Post scriptum: el pasado 10 de mayo, día en que se presentaba mi primer libro, mi querido amigo y hombre bueno donde los haya, Diego Noriega, me invitó a comer para celebrarlo. Lo cierto es que aquel día almorzamos maravillosamente y, por fortuna, supimos que en el café Ópera sirven Benedictine, donde le convidé a una copa con su correspondiente café cortado y vaso de agua muy fría. Sigue sin ocurrírseme mejor sobremesa.

Escrito en noviembre de 2018 y adaptado en julio de 2019.